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XII. Diario del Dr. Seward

y podemos certificar que murió de eso. Rellenemos el certificado ahora mismo y yo lo llevaré en persona al registro y luego me dirigiré al funerario». «¡Bien, oh mi amigo John! ¡Bien pensado! Ciertamente la señorita Lucy, si es desdichada por los enemigos que la acosan, es al menos afortunada por los amigos que la aman. Uno, dos, tres, todos abren sus venas por ella, además de un viejo. ¡Ah, sí, lo sé, amigo John; no estoy ciego! ¡Te quiero mucho más por ello! Ahora vete». En el vestíbulo me encontré a Quincey Morris, con un telegrama para Arthur en el que le comunicaba que la señora Westenra había muerto; que Lucy también había estado enferma, pero que ahora mejoraba; y que Van Helsing y yo estábamos con ella. Le dije a dónde iba y me apresuró a salir, pero al marcharme me dijo:— «Cuando regreses, Jack, ¿puedo hablar contigo a solas dos palabras?». Asentí con la cabeza en respuesta y salí. No tuve dificultad alguna con el registro y acordé con el funerario local que viniera por la noche a tomar las medidas para el atúd y hacer los preparativos. Cuando regresé, Quincey me estaba esperando. Le dije que hablaría con él en cuanto supiera noticias de Lucy y subí a su habitación. Ella seguía durmiendo y el profesor al parecer no se había movido de su asiento a su lado. Por el gesto de llevarse el dedo a los labios, deduje que esperaba que despertara dentro de poco y temía adelantarse a la naturaleza. Así que bajé con Quincey y lo llevé al salón de desayunos, donde los estores no estaban bajados y que era un poco más alegre, o más bien menos sombrío, que las otras estancias. Cuando nos quedamos a solas, me dijo:— «Jack Seward, no quiero meterme donde no me llaman; pero este no es un caso corriente. Ya sabes que amaba a esa muchacha y

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