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IX. Carta de Mina Harker a Lucy Westenra

Se limita a decir: «No me interesan los gatos. Ahora tengo más en qué pensar, y puedo esperar; puedo esperar». Al cabo de un rato lo dejé. El celador me dice que estuvo tranquilo hasta justo antes del amanecer, y que entonces empezó a inquietarse y a volverse violento, hasta que por fin cayó en un paroxismo que lo agotó tanto que se desvaneció en una especie de coma. … Durante tres noches ha sucedido lo mismo: violento todo el día y luego tranquilo desde la salida de la luna hasta el amanecer. Ojalá pudiera encontrar alguna pista sobre la causa. Casi parecería como si hubiera alguna influencia que va y viene. ¡Qué brillante idea! Esta noche enfrentaremos la cordura a la locura. Antes se escapó sin nuestra ayuda; esta noche escapará con ella. Le daremos una oportunidad y mantendremos a los hombres listos para seguirlo por si hacen falta.⁠ ⁠… 23 de agosto. ⁠—«Lo inesperado siempre sucede.» Qué bien conocía Disraeli la vida. Nuestro pájaro, al encontrar la jaula abierta, no quiso volar, de modo que todos nuestros sutiles preparativos fueron en vano. Al menos hemos demostrado una cosa: que los periodos de tranquilidad duran un tiempo razonable. En el futuro podremos aliviar sus ataduras durante unas horas cada día. He dado orden al celador de noche de que se limite a encerrarlo en la habitación acolchada, una vez que esté tranquilo, hasta una hora antes del amanecer. El cuerpo del pobre infeliz disfrutará del alivio aunque su mente no pueda apreciarlo. ¡Atención! ¡Lo inesperado de nuevo! Me llaman; el paciente ha vuelto a escapar. Más tarde. ⁠—Otra aventura nocturna. Renfield esperó con astucia a que el celador entrara en la habitación para inspeccionar. Luego salió a toda carrera pasando a su lado y voló por el pasillo. Mandé aviso a los celadores para

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