—Olvidáis—o tal vez no lo sepáis, aunque Jonathan sí y el Dr. Van Helsing también— que soy la fanática de los horarios. En casa, en Exeter, siempre solía hacer los horarios para ayudar a mi esposo. A veces me resultaba tan útil que ahora siempre estudio los horarios de trenes. Sabía que si algo nos llevaba al castillo de Drácula iríamos por Galatz, o al menos a través de Bucarest, así que aprendí los horarios con mucha atención. Por desgracia no hay muchos que aprender, ya que el único tren de mañana sale tal como digo. —¡Mujer maravillosa! —murmuró el Profesor. —¿No podemos conseguir un tren especial? —preguntó Lord Godalming. Van Helsing negó con la cabeza: —Me temo que no. Esta tierra es muy distinta a la vuestra o a la mía; incluso aunque tuviéramos un especial, probablemente no llegaría tan pronto como nuestro tren regular. Además, tenemos algo que preparar. Debemos pensar. Ahora organicémonos. Tú, amigo Arthur, ve a la estación, saca los billetes y haz que todo esté listo para que partamos por la mañana. Tú, amigo Jonathan, ve al agente de la naviera y pídele cartas de presentación para el agente en Galatz, con autorización para registrar el barco exactamente igual que aquí. Morris Quincey, busca al vicecónsul y consigue su ayuda con su colega en Galatz y todo lo que pueda hacer para allanarnos el camino, de modo que no se pierda tiempo una vez cruzado el Danubio. John se quedará con la señora Mina y conmigo, y deliberaremos. Así, si el tiempo se alarga, podríais
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XXV. Diario del Dr. Seward
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