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VIII. Diario de Mina Murray

parecía bañar todo en un hermoso resplandor rosado. Nos quedamos en silencio un momento y de repente Lucy murmuró como para sí misma:⁠— «¡Sus ojos rojos otra vez! Son exactamente iguales». Fue una expresión tan extraña, que no venía a cuento, que me sobresaltó bastante. Me giré un poco para ver bien a Lucy sin parecer que la miraba fijamente, y vi que estaba en un estado semisueño, con una expresión extraña en el rostro que no alcanzaba a descifrar; así que no dije nada, sino que seguí la dirección de su mirada. Parecía estar mirando hacia nuestro propio asiento, en el cual había una figura oscura sentada a solas. Yo misma me sobresalté un poco, pues por un instante pareció como si el extraño tuviera grandes ojos como llamas ardientes; pero una segunda mirada disipó la ilusión. La luz roja del sol brillaba en las ventanas de la iglesia de St. Mary detrás de nuestro asiento, y al sumergirse el sol hubo justo el cambio suficiente en la refracción y la reflexión para hacer parecer que la luz se movía. Llamé la atención de Lucy sobre aquel efecto peculiar y ella volvió en sí de golpe, pero se la veía triste de todos modos; tal vez estuviera pensando en aquella terrible noche allá arriba. Nunca volvemos a hablar de eso, así que no dije nada y nos fuimos a casa a cenar. Lucy tenía dolor de cabeza y se fue a la cama temprano. La vi dormida y salí a dar un pequeño paseo yo misma; caminé por los acantilados hacia el oeste, llena de una dulce tristeza, pues pensaba en Jonathan. Al regresar a casa —entonces la luna brillaba con fuerza, tan intensamente que, aunque la fachada de nuestra parte de la Crescent estaba en sombra, todo se veía con claridad— eché un vistazo hacia nuestra ventana y vi la cabeza de Lucy asomada. Pensé que tal vez me estaba esperando, así que abrí el pañuelo y lo agité.

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