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XV. El diario del Dr. Seward

encontrábamos con menos gente, hasta que por fin nos sorprendió un poco cruzarnos incluso con la patrulla de la policía montada que hacía su ronda suburbana habitual. Por fin llegamos al muro del cementerio, el cual saltamos.

Con cierta dificultad —pues estaba muy oscuro y todo el lugar nos parecía muy extraño— encontramos la tumba de los Westenra. El Profesor tomó la llave, abrió la puerta chirriante y, haciéndose a un lado con cortesía pero sin plena conciencia, me indicó que entrara primero. Había una ironía deliciosa en el ofrecimiento, en la gentileza de dar la preferencia en una ocasión tan macabra. Mi compañero me siguió con rapidez y cerró la puerta con cautela tras comprobar minuciosamente que la cerradura era de pestillo de caída y no de muelle. En este último caso nos habríamos hallado en un aprieto.

Luego hurgó en su bolsa y, sacando una caja de cerillas y un trozo de vela, procedió a encender luz. De día, y cuando estaba adornada con flores frescas, la tumba ya había tenido un aspecto bastante sombrío y espantoso; pero ahora, unos días después, cuando las flores colgaban lacias y muertas, volviéndose sus blancos herrumbrosos y sus verdes parduzcos; cuando la araña y el escarabajo habían retomado su dominio habitual; cuando la piedra descolorida por el tiempo, el mortero cubierto de polvo, el hierro mohoso y húmedo, el latón deslustrado y el plateado opaco devolvían el débil titileo de una vela, el efecto era más miserable y sórdido de lo que se habría podido imaginar. Transmitía irresistiblemente la idea de que la vida —la vida animal— no era lo único que podía extinguirse.

Van Helsing se puso a trabajar metódicamente. Sosteniendo su vela de modo que pudiera leer las placas de los ataúd, y sosteniéndola de tal forma que el esperma caía en manchas blancas que se congelaban al tocar el metal, se cercioró del ataúd de Lucy. Tras otra búsqueda en su bolso, sacó un destornillador.

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