—Qué extraño es todo. Me senté a vigilar el feliz sueño de Mina, y estuve tan cerca de ser feliz yo mismo como supongo que lo estaré jamás. A medida que avanzaba la tarde, y la tierra tomaba sus sombras del sol que descendía, el silencio de la habitación se volvió para mí cada vez más solemne. De repente, Mina abrió los ojos y, mirándome con ternura, dijo:— «Jonathan, quiero que me prometas algo bajo tu palabra de honor. Una promesa hecha a mí, pero hecha santamente ante los oídos de Dios, y que no se romperá aunque yo caiga de rodillas y te implore con amargas lágrimas. Deprisa, debes hacérmela ahora mismo». «Mina —le dije—, una promesa así no puedo hacerla de inmediato. Puede que no tenga derecho a hacerla». «Pero, querido —dijo ella, con tal intensidad espiritual que sus ojos parecían estrellas polares—, soy yo quien lo desea; y no es para mí misma. Puedes preguntarle al Dr. Van Helsing si no tengo razón; si él disiente, puedes hacer lo que quieras. Es más, si todos están de acuerdo, más tarde, quedas desvinculado de la promesa». «¡Te lo prometo! —dije—, y por un momento ella lució sumamente feliz; aunque para mí toda felicidad estaba vedada por la roja cicatriz en su frente». Ella dijo:— « Prométeme que no me dirás nada de los planes formados para la campaña contra el Conde. Ni de palabra, ni por deducción, ni por implicación; ¡en ningún momento mientras esto permanezca en mí!», y señaló solemnemente la cicatriz. Vi que hablaba en serio y dije solemnemente:— «¡Te lo prometo!» y al decirlo sentí que desde ese instante se había cerrado una puerta entre nosotros. Más tarde, medianoche. —Mina ha estado radiante y alegre toda la tarde. Tanto es así que el resto pareció cobrar ánimos, como si estuvieran algo contagidados de su alegría;
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