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XII. Diario del Dr. Seward

abierta dejaba ver las pálidas encías. Sus dientes, a la luz tenue e incierta, parecían más largos y afilados que por la mañana. En particular, por algún juego de la luz, los caninos se veían más largos y afilados que el resto. Me senté a su lado, y al poco rato ella se movió con inquietud. En el mismo momento se oyó una especie de aleteo sordo o golpe contra la ventana. Me acerqué con suavidad y miré por la esquina de la persiana. Había luna llena, y pude ver que el ruido lo hacía un gran murciélago, que revoloteaba —sin duda atraído por la luz, por muy tenue que fuera— y de vez en cuando golpeaba el cristal con las alas. Cuando volví a mi asiento, comprobé que Lucy se había movido ligeramente y se había arrancado las flores de ajo del cuello. Las coloqué de nuevo lo mejor que pude y me quedé vigilándola. Al rato se despertó y le di comida, tal como Van Helsing había prescrito. Tomó muy poco, y con apatía. Ya no parecía haber en ella esa lucha inconsciente por la vida y la fuerza que hasta entonces había caracterizado su enfermedad. Me llamó la atención como algo curioso que, en cuanto cobró conciencia, apretó las flores de ajo contra su cuerpo. Ciertamente era extraño que, cada vez que caía en ese estado letárgico, con la respiración estertórea, apartara las flores de sí; pero que, al despertar, las aferraba con fuerza. No cabía la menor duda al respecto, pues en las largas horas que siguieron tuvo muchos periodos de sueño y vigilia, y repitió ambas acciones muchas veces. A las seis en punto vino Van Helsing a relevarme. Arthur se había quedado entonces dormido, y él, piadosamente, le dejó seguir durmiendo. Al ver el rostro de Lucy, pude oír la aspiración sibilante de su aliento, y me dijo en un susurro cortante: «¡Levante la persiana; quiero luz!». Luego se inclinó y, con el rostro

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