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XXIII. Diario del Dr. Seward

de Budapest, en vida fue un hombre extraordinario. Soldado, estadista y alquimista —siendo esto último el desarrollo más alto de la ciencia y el conocimiento de su tiempo—. Tenía un cerebro poderoso, un saber incomparable y un corazón que no conocía el miedo ni el remolque. Se atrevió incluso a asistir a la Escolomancia, y no hubo rama del conocimiento de su tiempo que no ensayara. Pues bien, en él las facultades cerebrales sobrevivieron a la muerte física; aunque parecería que la memoria no está del todo completa. En algunas facultades mentales ha sido, y es, solo un niño; pero está creciendo, y algunas cosas que al principio eran infantiles tienen ahora la estatura de un hombre. Está experimentando, y lo hace bien; y de no ser porque nos hemos cruzado en su camino, aún sería —puede que aún lo sea si fracasamos— el padre o propulsor de un nuevo orden de seres cuyo camino debe conducir a través de la Muerte, no de la Vida». Harker gimió y dijo: «¡Y todo esto se conjura contra mi adorada! Pero ¿cómo está experimentando? ¡El conocimiento puede ayudarnos a derrotarlo!». — «Desde su llegada, no ha hecho más que tantear su poder, lenta pero firmemente; ese gran cerebro de niño está trabajando. Menos mal para nosotros que aún sea un cerebro de niño; pues si al principio se hubiera atrevido a intentar ciertas cosas, hace tiempo que habría estado fuera de nuestro alcance. Sin embargo, tiene la intención de triunfar, y un hombre que tiene siglos por delante puede permitirse esperar y avanzar con calma. Festina lente bien podría ser su lema». — «No alcanzo a comprender —dijo Harker con cansancio—. ¡Oh, por favor, sé más claro conmigo! Quizás el dolor y la pesadumbre estén obnubilando mi cerebro». El profesor le puso una mano afectuosa en el hombro al hablar:

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