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El diario de Lucy Westenra

un instante y volvió a cerrarse. Las criadas chillaron y luego fueron en tropel al comedor; y yo coloqué las flores que me quedaban sobre el pecho de mi querida madre. Una vez allí, recordé lo que el dr. Van Helsing me había dicho, pero no me gustó quitárselas y, además, quería que algunos de los sirvientes se quedaran despiertos conmigo ahora. Me sorprendió que las criadas no volvieran. Las llamé, pero no obtuve respuesta, así que fui al comedor a buscarlas. > > El corazón se me encogió al ver lo que había pasado. Las cuatro yacían sin sentido en el suelo, respirando pesadamente. La garrafa de jerez estaba sobre la mesa medio llena, pero había un olor extraño y acre. Sospeché y examiné la garrafa. Olía a láudano, y al mirar en el aparador descubrí que el frasco que el médico de mamá usa para ella —¡oh!, usaba— estaba vacío. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? Estoy de nuevo en la habitación con mamá. No puedo dejarla, y estoy sola, salvo por los sirvientes dormidos a los que alguien ha drogado. ¡Sola con los muertos! No me atrevo a salir, porque puedo oír el aullido bajo del lobo a través de la ventana rota. > > El aire parece lleno de motas que flotan y giran en la corriente de aire de la ventana, y las luces arden azuladas y tenues. ¿Qué voy a hacer? ¡Dios me proteja de todo mal esta noche! Esconderé este papel en mi pecho, donde habrán de encontrarlo cuando vengan a prepararme. ¡Mi querida madre se ha ido! Es hora de que yo también me vaya. Adiós, querido Arthur,

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