anochecer, sin embargo, está muy despierta y alerta; y se ha vuelto una costumbre que Van Helsing la hipnotice en esos momentos. Al principio hizo falta cierto esfuerzo y tuvo que hacer muchos pases; pero ahora parece ceder de inmediato, como por hábito, y casi no hace falta ninguna acción. Parece tener el poder en esos momentos precisos de simplemente ordenar, y los pensamientos de ella le obedecen. Siempre le pregunta qué puede ver y oír. Ella responde a lo primero:— «Nada; todo está a oscuras». Y a lo segundo:— «Puedo oír las olas rompiendo contra el barco y el agua corriendo veloz. El lino y los cabos se tensan, y los mástiles y las vergas crujen. El viento es fuerte; puedo oírlo en los obenques, y la proa rechaza la espuma». Es evidente que la Czarina Catherine sigue en el mar, apresurándose en su camino hacia Varna. Lord Godalming acaba de regresar. Tenía cuatro telegramas, uno por cada día desde que partimos, y todos con el mismo contenido: que la Czarina Catherine no había sido avistada por Lloyd’s en ninguna parte. Antes de salir de Londres, él había dispuesto que su agente le enviara todos los días un telegrama indicándole si el barco había sido avistado. Debía recibir un mensaje incluso si no era avistado, para estar seguro de que se mantenía la vigilancia al otro lado del cable. Cenamos y nos acostamos temprano. Mañana hemos de ver al vicecónsul y convenir, si podemos, la manera de subir a bordo del barco tan pronto como llegue. Van Helsing dice que nuestra oportunidad será subir al barco entre la salida y la puesta del sol. El Conde, aunque tome forma de murciélago, no puede cruzar el agua corriente por su propia voluntad, y por lo tanto no puede abandonar el barco. Como no se atreve a adoptar la forma humana sin levantar sospechas —lo que
Table of Contents
XXV. Diario del Dr. Seward
495