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Diario de Jonathan Harker

dice Shakespeare, lo que se podría llamar “pienso para pollos de la despensa”. Ya he superado toda esa sarta de tonterías. Es igual que pedirle a un hombre que se coma moléculas con un par de palillos que intentar interesarme por los carnívoros menores, cuando sé lo que tengo por delante». «Ya veo —le dije—. ¿Quieres cosas grandes en las que puedas hincar los dientes? ¿Qué te parecería desayunar un elefante?». «¡Qué tontería tan ridícula dice!». Se estaba desvelando demasiado, así que pensé en apretarle las clavijas. «Me pregunto —dije de manera reflexiva— cómo será el alma de un elefante». Conseguí el efecto deseado, pues de inmediato bajó de su pedestal y volvió a ser un niño. «¡No quiero el alma de un elefante, ni ninguna alma en absoluto!», dijo. Permaneció sentado con desánimo unos instantes. De repente se puso en pie de un salto, con los ojos centelleantes y todos los signos de una intensa excitación cerebral. «¡Que os den a usted y a vuestras almas! —gritó—. ¿Por qué me atormenta con las almas? ¿Acaso no tengo ya suficientes preocupaciones, dolores y quebraderos de cabeza como para ponerme a pensar en almas!». Tenía un aspecto tan hostil que pensé que le iba a dar otro ataque homicida, así que hice sonar mi silbato. Sin embargo, en el instante en que lo hice, se calmó y dijo con tono de disculpa:⁠— «Perdóneme, Doctor; me he dejado llevar. No necesita ninguna ayuda. Estoy tan atormentado mentalmente que suelo ponerme irritable. Si supiera el problema al que me enfrento y que estoy resolviendo, me compadecería, me toleraría y me perdonaría. Le ruego que no me ponga una camisa de fuerza. Quiero pensar y no puedo pensar con libertad si tengo el cuerpo sujeto. ¡Estoy seguro de que lo entenderá!». Evidentemente tenía autocontrol; así

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