comer, no puedo descansar, así que escribo en el diario en su lugar. Desde mi desaire de ayer tengo una especie de sensación de vacío; nada en el mundo parece tener la suficiente importancia como para valer la pena. … Como sabía que la única cura para esta clase de cosas era el trabajo, bajé entre los pacientes. Elegí a uno que me ha brindado un estudio de gran interés. Es tan pintoresco que estoy decidido a comprenderlo lo mejor posible. Hoy me pareció estar más cerca que nunca del corazón de su misterio. Le interrogué de manera más exhaustiva que nunca, con vistas a hacerme dueño de los hechos de su alucinación. En mi forma de hacerlo hubo, ahora lo veo, algo de crueldad. Parecía desear mantenerlo en el punto de su locura—cosa que evito con los pacientes como si fuera la boca del infierno. (Nota, ¿en qué circunstancias no evitaría el abismo del infierno?) Omnia Romae venalia sunt. ¡El infierno tiene su precio! verb. sap. Si hay algo detrás de este instinto, será valioso rastrearlo después con exactitud, así que haré bien en empezar a hacerlo, por tanto— R. M. Renfield, ætat 59.—Temperamento sanguíneo; gran fuerza física; excitable de forma mórbida; periodos de melancolía que terminan en alguna idea fija que no logro descifrar. Supongo que el temperamento sanguíneo en sí y la influencia perturbadora terminan en un final mentalmente consumado; un hombre posiblemente peligroso, probablemente peligroso si es desinteresado. En los hombres egoístas la cautela es una armadura tan segura para sus enemigos como para ellos mismos. En lo que pienso sobre este punto es en que, cuando el yo es el punto fijo, la fuerza centrípeta se equilibra con la centrífuga; cuando el deber, una causa, etc., es el punto fijo, esta última fuerza es primordial,
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V. 9 de mayo
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