hasta el momento no había visto la oportunidad de enviar cartas a nadie. > > —Entonces escriba ahora, mi joven amigo —dijo, posando una pesada mano sobre mi hombro—: escriba a nuestro amigo y a cualquier otro; y diga, si le complace, que se quedará conmigo hasta dentro de un mes. > > —¿Desea que me quede tanto tiempo? —pregunté, pues el corazón se me heló al pensarlo. > > —Lo deseo fervientemente; es más, no aceptaré un no por respuesta. Cuando su amo, empleador, o como quiera llamarlo, concertó que viniera alguien en su representación, quedó entendido que solo debían atenderse mis necesidades. No he escatimado en gastos. ¿No es así? > > ¿Qué podía hacer sino inclinar la cabeza en señal de aceptación? Eran los intereses del señor Hawkins los que estaban en juego, no los míos, y tenía que pensar en él, no en mí mismo; además, mientras el conde Drácula hablaba, había algo en su mirada y en su porte que me recordaba que yo era un prisionero y que, de haberlo deseado, no me quedaba alternativa. El conde vio su victoria en mi reverencia y su dominio en la inquietud de mi rostro, pues comenzó a servirse de ellos de inmediato, pero a su manera, suave e irreductible:— > > —Le ruego, mi buen joven amigo, que no hable de cosas ajenas a los negocios en sus cartas. Sin duda complacerá a sus amigos saber que se encuentra bien y que anhela regresar junto a ellos. ¿No es así? —Mientras hablaba, me entregó tres hojas de papel de cartas y tres sobres. Eran todos
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III. Diario de Jonathan Harker
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