cena. Mientras la consumía, el conde me hizo muchas preguntas sobre mi viaje, y le conté progresivamente todo lo que había experimentado. Para entonces había terminado de cenar y, por deseo de mi anfitrión, había acercado una silla a la lumbre y empezado a fumar un cigarro que él me había ofrecido, disculpándose al mismo tiempo por no fumar él. Tuve entonces la oportunidad de observarlo y comprobé que tenía una fisonomía muy marcada. Su rostro era de un aguileño fuerte—muy fuerte—, con el puente de la nariz delgado y alto y las fosas nasales extrañamente arqueadas; con una frente alta y abombada, y cabello escaso en las sienes pero abundante en el resto. Sus cejas eran muy pobladas, y casi se juntaban sobre la nariz, con pelos espesos que parecían rizarse debido a su propia frondosidad. La boca, hasta donde pude verla bajo el espeso bigote, era firme y de aspecto más bien cruel, con unos dientes blancos y extraordinariamente afilados; estos sobresalían por encima de los labios, cuya notable rojez mostraba una vitalidad asombrosa en un hombre de su edad. Por lo demás, sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en los extremos; la barbilla era ancha y fuerte, y las mejillas firmes aunque delgadas. La impresión general era de una palidez extraordinaria. Hasta entonces había reparado en el dorso de sus manos mientras reposaban en sus rodillas a la luz del fuego, y me habían parecido bastante blancas y finas; pero al verlas ahora cerca de mí, no pude por menos que notar que eran más bien toscas—anchas, con dedos rechonchos. Curiosamente, tenía pelos en el centro de las palmas. Las
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Diario de Jonathan Harker
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