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Diario de Jonathan Harker

cena. Mientras la consumía, el conde me hizo muchas preguntas sobre mi viaje, y le conté progresivamente todo lo que había experimentado. Para entonces había terminado de cenar y, por deseo de mi anfitrión, había acercado una silla a la lumbre y empezado a fumar un cigarro que él me había ofrecido, disculpándose al mismo tiempo por no fumar él. Tuve entonces la oportunidad de observarlo y comprobé que tenía una fisonomía muy marcada. Su rostro era de un aguileño fuerte⁠—muy fuerte⁠—, con el puente de la nariz delgado y alto y las fosas nasales extrañamente arqueadas; con una frente alta y abombada, y cabello escaso en las sienes pero abundante en el resto. Sus cejas eran muy pobladas, y casi se juntaban sobre la nariz, con pelos espesos que parecían rizarse debido a su propia frondosidad. La boca, hasta donde pude verla bajo el espeso bigote, era firme y de aspecto más bien cruel, con unos dientes blancos y extraordinariamente afilados; estos sobresalían por encima de los labios, cuya notable rojez mostraba una vitalidad asombrosa en un hombre de su edad. Por lo demás, sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en los extremos; la barbilla era ancha y fuerte, y las mejillas firmes aunque delgadas. La impresión general era de una palidez extraordinaria. Hasta entonces había reparado en el dorso de sus manos mientras reposaban en sus rodillas a la luz del fuego, y me habían parecido bastante blancas y finas; pero al verlas ahora cerca de mí, no pude por menos que notar que eran más bien toscas⁠—anchas, con dedos rechonchos. Curiosamente, tenía pelos en el centro de las palmas. Las

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