propia alma. ¡Que Dios me ampare, aunque solo sea por el bien de aquellos a quienes amo!
7 de mayo. —De nuevo es temprano por la mañana, pero he descansado y disfrutado de las últimas veinticuatro horas. Dormí hasta entrada la tarde y me desperté por propia voluntad. Cuando hube terminado de vestirme, fui a la habitación donde habíamos cenado y encontré un desayuno frío servido, con el café mantenido caliente gracias a que la cafetera estaba colocada sobre el hogar. Había una tarjeta sobre la mesa en la que estaba escrito:— > > «Tengo que ausentarme por un tiempo. No me esperen.—D.» Me puse a ello y disfruté de una comida abundante. Cuando hube terminado, busqué una campanilla para hacer saber a los sirvientes que había acabado, pero no pude encontrar ninguna. Ciertamente hay deficiencias extrañas en la casa, si se tienen en cuenta las extraordinarias muestras de riqueza que me rodean. El servicio de mesa es de oro, y está tan bellamente labrado que debe de tener un valor inmenso. Las cortinas, la tapicería de las sillas y los sofás, y los reposteros de mi cama son de las telas más costosas y hermosas, y debieron de tener un valor fabuloso cuando se hicieron, pues tienen siglos de antigüedad, aunque se encuentran en excelente estado. Vi algo parecido a esto en Hampton Court, pero allí estaban gastados, deshilachados y apolillados. Aun así, en ninguna de las habitaciones hay un espejo. Ni siquiera hay un espejo de tocador en mi mesa, y tuve que buscar el pequeño espejo de afeitar en mi maleta antes de poder afeitarme o cepillarme el cabello. Todavía no he visto a ningún sirviente en ninguna parte, ni he oído sonido alguno cerca del castillo, salvo el aullido de