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XVIII. Diario del Dr. Seward

consumiendo una multitud de seres vivos, por ínfimos que fuesen en la escala de la creación, uno podía prolongar indefinidamente su vida. A veces sostenía esta creencia con tanta fuerza que en realidad intenté quitarle la vida a un hombre. El doctor que está aquí presente puede corroborar que en una ocasión traté de matarlo con el propósito de fortalecer mis poderes vitales asimilando a mi propio cuerpo su vida a través de su sangre⁠—confiando, por supuesto, en la frase bíblica: "Porque la sangre es la vida". Aunque, la verdad, el vendedor de cierto remedio ha vulgarizado la perogrullada hasta el punto del desprecio. ¿No es así, doctor?» Asentí con la cabeza, pues estaba tan estupefacto que apenas sabía qué pensar ni qué decir; era difícil imaginar que cinco minutos antes lo hubiera visto comerse sus arañas y moscas. Mirando mi reloj, vi que debía ir a la estación a recibir a Van Helsing, así que le dije a la señora Harker que era hora de marchar. Ella vino de inmediato, tras decirle amablemente al señor Renfield: «Adiós, y espero verle a menudo bajo auspicios más agradables para usted», a lo que él respondió, para mi asombro:⁠— «Adiós, querida. Ruego a Dios no volver a ver jamás su dulce rostro. ¡Que Él la bendiga y la guarde!» Cuando fui a la estación a recibir a Van Helsing dejé a los muchachos atrás. El pobre Art parecía más animado que desde que Lucy enfermó por primera vez, y Quincey se parece más a su alegre yo de siempre que en muchos días. Van Helsing bajó del coche con la ágil impaciencia de un muchacho. Me vio de inmediato y corrió hacia mí, diciendo:⁠— «¡Ah, amigo John, cómo va todo? ¿Bien? ¡Así es! He estado ocupado, pues vengo para quedarme si es necesario. Todos mis asuntos están resueltos y tengo mucho que contar. ¿La señora Mina está con usted? Sí. ¿Y

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