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6 de septiembre

Si nuestro joven amante apareciera por sorpresa, como la otra vez, ni una palabra a él. Le asustaría de inmediato y también le daría celos. No debe haber nada. ¡Así es! Cuando regresé, me miró con atención y luego dijo:⁠— —No está mucho peor. Vaya a la habitación, túmbese en el sofá y descanse un rato; luego desayune bien y venga aquí conmigo. Seguí sus órdenes, pues sabía cuán justas y sensatas eran. Yo había hecho mi parte, y ahora mi siguiente deber era mantener mis fuerzas. Me sentía muy débil, y en esa debilidad perdí algo del asombro ante lo que había ocurrido. Sin embargo, me quedé dormido en el sofá, preguntándome una y otra vez cómo Lucy había dado semejante paso atrás, y cómo la habían podido desangrar tanto sin que hubiera rastro alguno que lo delatara. Creo que debí de continuar con mis cavilaciones en sueños, pues, dormido o despierto, mis pensamientos siempre volvían a las pequeñas punciones en su garganta y al aspecto desgastado y exhausto de sus bordes, por diminutos que fuesen. Lucy durmió hasta bien entrado el día, y cuando despertó se encontraba bastante bien y fuerte, aunque ni mucho menos tanto como el día anterior. Cuando Van Helsing fue a verla, salió a dar un paseo, dejándome a mí al cargo, con la estricta directriz de que no debía dejarla ni un momento. Pude oír su voz en el vestíbulo, preguntando por el camino a la oficina de telégrafos más cercana. Lucy charló conmigo libremente y parecía totalmente ajena a que hubiera ocurrido algo. Intenté mantenerla entretenida y distraída. Cuando su madre subió a verla, no pareció notar cambio alguno, sino que me dijo agradecida:⁠— —Le debemos muchísimo, Dr. Seward, por todo lo que ha hecho, pero de verdad que ahora debe cuidar de no agotarse demasiado. Usted

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