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XXV. Diario del Dr. Seward

gran⁠—un terrible⁠—riesgo; pero creo que es lo correcto. En el momento en que la señora Mina dijo esas palabras que detuvieron nuestro entendimiento, me vino una inspiración. En el trance de hace tres días, el Conde le envió su espíritu para leer su mente; o más bien se la llevó para que lo viera en su caja de tierra con el agua corriendo, tal como queda libre a la salida y puesta del sol. Él se entera entonces de que estamos aquí; pues ella tiene más que contar en su vida abierta, con ojos para ver y oídos para oír, que él, encerrado como está en su caja de ataúd. Ahora hace su mayor esfuerzo para escapar de nosotros. En el presente no la quiere a ella. »¡Está seguro con su tan gran saber que ella acudirá a su llamada; pero la corta⁠—la saca, como puede hacerlo, de su propio poder⁠— para que no vaya hacia él! ¡Ah! Ahí tengo la esperanza de que nuestros cerebros de hombres, que han sido de hombre durante tanto tiempo y no han perdido la gracia de Dios, se alcancen por encima de su cerebro de niño que yace en su tumba durante siglos, que aún no crece hasta nuestra estatura y que solo obra egoístamente y, por tanto, en pequeño. ¡Aquí viene la señora Mina; ni una palabra sobre su trance! Ella no lo sabe; y eso la abrumaría y la sumiría en la desesperación justo cuando necesitamos toda su esperanza, todo su valor; cuando más necesitamos de su gran cerebro, que está entrenado como el cerebro de un hombre, pero que es de una dulce mujer y posee un poder especial que el Conde le otorga, y que él no puede arrebatarle del todo⁠—aunque no lo crea así. ¡Chist! Déjeme hablar y usted se enterará. ¡Oh, John, amigo mío, estamos en un aprieto terrible! Temo como nunca antes había temido. Solo podemos confiar en el buen Dios. ¡Silencio! ¡Aquí viene!

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