y, llevándolo en brazos, lo depositó en el suelo. En cuanto sus patas tocaron el suelo pareció recuperar el valor y se abalanzó sobre sus enemigos naturales. Huyeron ante él tan deprisa que, antes de que hubiera acabado con la vida de una veintena, los otros perros, que para entonces ya habían sido introducidos de la misma manera, apenas tuvieron presas antes de que toda la masa hubiera desaparecido. Con su marcha pareció haberse desvanecido alguna presencia maligna, pues los perros retozaban y ladraban alegremente mientras hacían amagos repentinos contra sus enemigos postrados, dándoles la vuelta una y otra vez y lanzándolos al aire con sacudidas feroces. A todos pareció levantársenos el ánimo. No sé si fue la purificación de la atmósfera mortal al abrir la puerta de la capilla, o el alivio que experimentamos al encontrarnos al aire libre; pero de lo que no cabe duda es de que la sombra de temor pareció desprenderse de nosotros como una túnica, y el motivo de nuestra llegada perdió parte de su sombrío significado, aunque no aflojamos ni un ápice en nuestra determinación. Cerramos la puerta exterior, la trancamos y la echamos con llave, y llevándonos a los perros con nosotros, comenzamos el registro de la casa. No encontramos nada en todo el recorrido salvo polvo en proporciones extraordinarias, y todo intacto a excepción de mis propias huellas de cuando hice mi primera visita. Ni una sola vez mostraron los perros ningún síntoma de inquietud, e incluso al regresar a la capilla correteaban como si hubieran estado cazando conejos en un bosque veraniego. La mañana despuntaba en el este cuando salimos por la fachada. El Dr. Van Helsing había cogido la llave de la puerta principal del manojo y cerró la puerta con llave de manera ortodoxa, guardándose la llave en
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XIX. Diario de Jonathan Harker
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