en semejante momento. Su respuesta fue a su manera característica de él, pues fue lógica, contundente y misteriosa. Dijo:— «Ah, no comprendes, amigo John. No pienses que no estoy triste, aunque me ría. Mira, he llorado incluso cuando la risa me ahogaba. Pero tampoco pienses que estoy totalmente afligido cuando lloro, pues la risa viene de todos modos. Ten siempre presente que esa risa que llama a tu puerta y dice: “¿Puedo pasar?”, no es la verdadera risa. ¡No! Él es un rey, y viene cuando y como le place. No pide permiso a nadie; no elige un momento de conveniencia. Él dice: “Estoy aquí”. He aquí que, por ejemplo, me desgarro el corazón por esa muchacha tan dulce; doy mi sangre por ella, aunque soy viejo y estoy gastado; doy mi tiempo, mi habilidad, mi sueño; dejo que mis otros enfermos pasen necesidades para que ella lo tenga todo. Y, sin embargo, puedo reírme ante su misma tumba—reírme cuando la arcilla de la pala del sepulturero cae sobre su ataúd y hace “¡tup, tup!” en mi corazón, hasta que este devuelve la sangre a mi mejilla. Mi corazón sangra por ese pobre muchacho—ese querido muchacho, de la edad que tendría mi propio hijo de haber sido tan bendecido para que viviera, y con su cabello y sus ojos iguales. Ahí está, ya sabes por qué le quiero tanto. Y, sin embargo, cuando él dice cosas que tocan mi corazón de esposo en lo más hondo, y hacen que mi corazón de padre suspire por él como por ningún otro hombre—ni siquiera por ti, amigo John, pues estamos más a la par en experiencias que un padre y un hijo—, aun en ese mismo momento el Rey Risa viene a mí y me grita y brama al oído: “¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!”, hasta que la sangre vuelve danzando y trae a mi mejilla un poco del sol que él lleva consigo. Oh, amigo John, es un mundo extraño,
Table of Contents
XIII. El diario del Dr. Seward
259