de una gran presión de agua. Sin embargo, desde que el Dr. Van Helsing está conmigo, todo este mal sueño parece haberse desvanecido; los ruidos que solían asustarme a más no poder —el aleteo contra las ventanas, las voces distantes que parecían tan cercanas a mí, los sonidos ásperos que provenían no sé dónde y me ordenaban no sé qué— se han detenido por completo. Me voy a la cama ahora sin ningún miedo a dormir. Ni siquiera intento mantenerme despierta. Me he llegado a encariñar bastante con el ajo, y todos los días me llega una caja desde Haarlem. Esta noche el Dr. Van Helsing se va, ya que tiene que estar un día en Ámsterdam. Pero no es necesario que me vigilen; estoy lo suficientemente bien como para que me dejen sola. ¡Gracias a Dios por mi madre, por el querido Arthur y por todos nuestros amigos que han sido tan amables! Ni siquiera sentiré el cambio, pues anoche el Dr. Van Helsing durmió en su sillón gran parte del tiempo. Lo encontré dormido dos veces cuando desperté; pero no tuve miedo de volver a dormir, aunque las ramas o murciélagos o algo golpeaban casi con enojo los cristales de las
Tras muchas preguntas y casi otras tantas negativas, y empleando perpetuamente las palabras «Pall Mall Gazette» a modo de talismán, conseguí dar con el cuidador de la sección del Jardín Zoológico que incluye el departamento de lobos. Thomas Bilder vive en una de las casitas del recinto situado detrás de la casa de los elefantes, y justo se sentaba a tomar el té cuando lo encontré. Thomas y su esposa son gente hospitalaria, de edad avanzada y sin hijos, y si el ejemplo que disfruté de su hospitalidad es el habitual, sus vidas deben de ser bastante cómodas. El cuidador no quiso entrar en lo que llamó «negocios» hasta que la cena hubo terminado y todos