haberse adherido al lugar e intensificado su repugnancia. En circunstancias ordinarias, semejante fetidez habría puesto fin a nuestra empresa; pero este no era un caso corriente, y el propósito elevado y terrible en el que estábamos inmersos nos otorgaba una fuerza que se elevaba por encima de las meras consideraciones físicas. Tras el encogimiento involuntario provocado por la primera bocanada nauseabunda, todos y cada uno de nosotros nos pusimos manos a la obra como si aquel lugar repugnante fuera un jardín de rosas. Hicimos un examen minucioso del lugar, y el profesor dijo al comenzar:— «Lo primero es ver cuántas cajas quedan; luego debemos examinar cada agujero, rincón y rendija para ver si conseguimos alguna pista sobre qué ha sido del resto». Un vistazo bastó para ver cuántas quedaban, pues los grandes arcones de tierra eran voluminosos y no cabía error. ¡Solo quedaban veintinueve de los cincuenta! En una ocasión me llevé un susto, pues al ver que Lord Godalming se volvía de repente para mirar desde la puerta abovedada hacia el oscuro pasillo del fondo, miré yo también y por un instante mi corazón se detuvo. En algún lugar, asomándose desde la sombra, me pareció ver los reflejos del rostro malvado del Conde, el caballete de la nariz, los ojos rojos, los labios rojos, la palidez espantosa. Fue solo un momento, pues tal como dijo Lord Godalming: «Creí ver una cara, pero no eran más que las sombras», y reanudó su inspección, dirigí mi lámpara hacia allí y entré en el pasillo. No había rastro de nadie; y como no había esquinas, ni puertas, ni aberturas de ningún tipo, sino tan solo las sólidas paredes del pasillo, no cabía escondite posible ni siquiera para él. Supuse que el miedo había ayudado a la imaginación y no dije nada. Unos minutos más tarde vi
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XIX. Diario de Jonathan Harker
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