clavos, sucia piel de oveja y botas altas. Llevaban también sus largas varas en la mano. Corrí a la puerta, con la intención de bajar y tratar de unirme a ellos a través del vestíbulo principal, ya que pensé que ese camino podría estar abierto para ellos. Otro golpe: mi puerta estaba trancada por fuera. > > Entonces corrí a la ventana y les grité. Miraron hacia arriba con estupidez y señalaron, pero justo en ese momento salió el «hetman» de los szgany y, al verlos señalar hacia mi ventana, dijo algo ante lo cual se echaron a reír. De ahí en adelante, ningún esfuerzo por mi parte, ningún grito piadoso o ruego angustiado lograría hacer que siquiera me miraran. Se apartaron con determinación. Los leiter-wagons contenían grandes cajas cuadradas, con asas de soga gruesa; estas estaban evidentemente vacías por la facilidad con que los eslovacos las manejaban y por su resonancia al ser movidas bruscamente. Cuando estuvieron todas descargadas y apiladas en un gran rincón del patio, los szgany les dieron algo de dinero a los eslovacos y, escupiéndole para atraer la buena suerte, se dirigieron perezosamente cada uno a la cabeza de su caballo. Poco después, oí el chasquido de sus látigos perderse en
24 de junio, antes del alba. —Anoche el Conde me dejó temprano y se encerró en su propia habitación. Tan pronto como me atreví, subí corriendo la escalera de caracol y me asomó por la ventana, que daba al sur. Pensé en vigilar al Conde, pues algo se trae entre manos. Los szgany están acampados en algún lugar del castillo y andan en faena. Lo sé porque de vez en cuando escucho un sonido sordo y lejano, como de azadas y palas; y, sea lo que fuere, ha de ser el fin de alguna infamia despiadada.