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Diario de Jonathan Harker

para hablar, ¡y él!... Temo ser yo mismo la única alma viva dentro de este lugar. Permítanme ser tan prosaico como los hechos me lo permitan; me ayudará a resistir, y la imaginación no debe desbocarse conmigo. Si lo hace, estaré perdido. Déjenme exponer de inmediato cuál es mi situación⁠—o la que aparenta ser. > > Solo dormí unas pocas horas cuando me fui a la cama y, sintiendo que no podía dormir más, me levanté. Había colgado mi espejito de afeitar junto a la ventana y me disponía a afeitarme. De repente sentí una mano en mi hombro y escuché la voz del conde que me decía: «Buenos días». Me sobresalté, pues me asombró no haberlo visto, ya que el reflejo del espejo abarcaba toda la habitación detrás de mí. Al dar el sobresalto me había cortado levemente, pero no me di cuenta en ese momento. Tras responder al saludo del conde, me volví hacia el espejo de nuevo para comprobar en qué me había equivocado. Esta vez no podía haber error, porque el hombre estaba muy cerca de mí y podía verlo por encima de mi hombro. ¡Pero no había reflejo de él en el espejo! Se veía toda la habitación a mis espaldas, pero no había rastro de hombre alguno en ella, excepto yo mismo. Esto fue alarmante y, sumado a tantas cosas extrañas, empezó a intensificar esa vaga sensación de inquietud que siempre experimento cuando el conde está cerca; pero en ese instante vi que el corte había sangrado un poco y la sangre me resbalaba por la barbilla. Dejé la navaja de afeitar, girándome a medias mientras lo hacía para buscar un poco de esparadrapo. Cuando el conde vio mi rostro, sus ojos brillaron con una especie de furia demoníaca y de repente hizo ademán de agarrarme por el cuello. Me retiré y su mano tocó el cordón de cuentas que sostenía el

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