el paciente comenzó a insultarle desde dentro, llamándole de todas las groserías que se le cayeron de la boca. El hombre, que parecía bastante decente, se contentó con decirle que «se callara, mendigo mal hablado», a lo que nuestro hombre le acusó de robarle y de querer asesinarle, diciendo que se la jugaría aunque le costara la horca. Abrí la ventana y le hice señas al hombre para que no hiciera caso, así que él, tras echar un vistazo al lugar y hacerse una idea de la clase de sitio en el que había caído, se limitó a decir: «¡Válgame Dios, señor, me da igual lo que me digan en un maldito manicomio! Le compadezco a usted y al director por tener que vivir en esta casa con una bestia salvaje como esa». Luego preguntó por su camino muy educadamente, y le indiqué dónde estaba la puerta de la casa vacía; se fue, perseguido por amenazas, maldiciones e improperios de nuestro hombre. Bajé para ver si podía averiguar alguna causa para su enojo, ya que suele ser un hombre de muy buen comportamiento y, salvo sus ataques violentos, nunca había ocurrido nada parecido. Lo encontré, para mi sorpresa, de lo más tranquilo y con un trato de lo más afable. Intenté que hablara del incidente, pero me hizo preguntas con total suavidad sobre a qué me refería, dándome a entender que ignoraba por completo el asunto. Sin embargo, me temo que no fue más que otra muestra de su astucia, pues en menos de media hora volví a saber de él. Esta vez se había escapado por la ventana de su habitación y corría por la avenida. Llamé a los celadores para que me siguieran y eché a correr tras él, pues temía que tramara alguna maldad. Mi temor se vio justificado cuando vi bajar por el camino el mismo carro que había pasado antes, cargado con unas grandes cajas de madera. Los hombres se secaban la
Table of Contents
XII. Diario del Dr. Seward
231