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XII. Diario del Dr. Seward

mío, me alegra tanto que hayas venido! Él se inclinó para besarla, pero Van Helsing le hizo un gesto para que se detuviera. —¡No —susurró—, todavía no! Tómala de la mano; eso la consolará más. Así que Arthur tomó su mano y se arrodilló a su lado, y ella lució su mejor aspecto, con todas las líneas suaves compaginadas con la belleza angelical de sus ojos. Entonces, poco a poco, sus ojos se cerraron y se sumió en el sueño. Durante un instante su pecho se agitó suavemente, y su aliento iba y venía como el de un niño cansado. Y entonces, imperceptiblemente, se produjo el extraño cambio que yo había notado durante la noche. Su respiración se volvió estertórea, la boca se abrió y las pálidas encías, retraídas, hicieron que los dientes parecieran más largos y afilados que nunca. De un modo sonámbulo, vago e inconsciente, abrió los ojos, que ahora eran apagados y duros a la vez, y dijo con una voz suave y voluptuosa, como jamás le había escuchado en los labios: —¡Arthur! ¡Oh, amor mío, me alegra tanto que hayas venido! ¡ Bésame! Arthur se inclinó con entusiasmo para besarla; pero en ese preciso instante Van Helsing, que al igual que yo se habíaleído sorprendido por su voz, se abalanzó sobre él y, asiéndolo del cuello con ambas manos, lo arrastró hacia atrás con una furia y una fuerza que jamás habría creído que pudiera poseer, arrojándolo prácticamente al otro extremo de la habitación. —¡Por tu vida —dijo—, no! ¡Ni por tu alma viva ni por la suya! Y se interpuso entre ambos como un león acorralado. Arthur estaba tan desconcertado que por un momento no supo qué hacer ni qué decir; y antes de que le asaltara ningún impulso de violencia, comprendió el lugar y la ocasión, y se quedó en silencio, esperando. Mantuve los ojos fijos en Lucy, al igual que Van Helsing, y vimos

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