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Diario de Jonathan Harker

podían descansar en tierra sagrada, el amor más santo era el sargento reclutador de sus macabras filas. Entramos en Carfax sin problemas y encontramos todo igual que en la primera ocasión. Era difícil creer que entre un entorno tan prosaico de abandono, polvo y podredumbre hubiera motivos para un temor como el que ya conocíamos. Si nuestras mentes no hubiesen estado decididas, y si no hubiera habido terribles recuerdos que nos impelieran, difícilmente habríamos podido continuar con nuestra tarea. No encontramos papeles ni ningún signo de uso en la casa; y en la vieja capilla las grandes cajas se veían tal como las habíamos visto por última vez. El Dr. Van Helsing nos dijo solemnemente mientras estábamos de pie ante ellas:⁠— «Y ahora, amigos míos, tenemos aquí un deber que cumplir. Debemos esterilizar esta tierra, tan consagrada de sagrados recuerdos, que él ha traído desde una tierra muy lejana para un uso tan nefasto. Ha elegido esta tierra porque ha sido sagrada. Así lo derrotamos con su propia arma, pues la hacemos aún más sagrada. Fue santificada para tal uso del hombre; ahora la santificamos para Dios». Mientras hablaba, sacó de su maletín un destornillador y una llave inglesa, y muy pronto la tapa de uno de los cajones quedó abierta de par en par. La tierra olía a humedad y a encierro; pero de algún modo pareció importarnos poco, pues nuestra atención estaba concentrada en el Profesor. Sacando de su caja un trozo de la Sagrada Forma, la depositó reverentemente sobre la tierra y, cerrando luego la tapa, comenzó a atornillarla a fondo, mientras nosotros le ayudábamos en la tarea.

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