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XII. Diario del Dr. Seward

un apunte. Estoy tan desgraciado, tan desanimado, tan harto del mundo y de todo lo que hay en él, incluida la vida misma, que no me importaría escuchar en este preciso instante el batir de las alas del ángel de la muerte. Y últimamente ha estado batiendo esas sombrías alas con un propósito claro: la madre de Lucy y el padre de Arthur, y ahora… ⁠Sigamos con mi trabajo. Relevé debidamente a Van Helsing en su guardia junto a Lucy. Quisimos que Arthur fuera a descansar también, pero al principio se negó. Solo cuando le dije que necesitaríamos su ayuda durante el día, y que no debíamos derrumbarnos todos por falta de descanso, no fuera a sufrir Lucy, accedió a marchar. Van Helsing fue muy amable con él. «Vamos, hijo mío —le dijo—; ven conmigo. Estás enfermo y débil, y has pasado por mucha pena y mucho dolor mental, además de esa exigencia a tus fuerzas que ya conocemos. No debes estar solo; pues estar solo es llenarse de miedos y alarmas. Ven al salón, donde hay un gran fuego y dos sofás. Te recostarás en uno y yo en el otro, y nuestra compasión será un consuelo mutuo, aunque no hablemos, e incluso si dormimos». Arthur se fue con él, echando una última mirada nostálgica al rostro de Lucy, que yacía sobre la almohada, casi más blanca que el lino. Yacía muy quieta, y miré alrededor de la habitación para comprobar que todo estaba como debía. Pude ver que el profesor había cumplido en esta habitación, como en la otra, con su propósito de usar el ajos; la totalidad de los marcos de las ventanas apestaban a él, y alrededor del cuello de Lucy, sobre el pañuelo de seda que Van Helsing la hizo llevar puesto, había una guirnalda tosca de las mismas flores olorosas. Lucy respiraba de forma algo estertórea, y su rostro estaba en su peor momento, pues la boca

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