la posición que Enoch ocupó espiritualmente!». Esto me dejó perplejo. No pude recordar en el momento la pertinencia de Enoch; así que tuve que hacer una sencilla pregunta, aunque sentía que al hacerlo me rebajaba a los ojos del lunático:— «¿Y por qué con Enoch?». «Porque caminaba con Dios». No lograba ver la analogía, pero no me apetecía admitirlo; así que volví a lo que él había negado:— «De modo que la vida te da igual y no quieres almas. ¿Por qué no?». Hice la pregunta con rapidez y cierto tono severo, con el propósito de desconcertarle. El esfuerzo dio resultado; por un instante recayó inconscientemente en su antiguo comportamiento servil, se inclinó profundamente ante mí y casi me aduló mientras respondía:— «¡No quiero almas, de verdad que no! No podría usarlas aunque las tuviera; no me servirían para nada. No podría comérmelas o...». Se detuvo de repente y la vieja mirada astuta se extendió por su rostro, como un golpe de viento en la superficie del agua. «Y doctor, en cuanto a la vida, ¿qué es al fin y al cabo? Cuando tienes todo lo que necesitas, y sabes que nunca te faltará nada, eso es todo. Tengo amigos—buenos amigos—como usted, Dr. Seward»; esto lo dijo con una mueca de astucia inexpresiva. «¡Sé que nunca me faltarán los medios para vivir!». Creo que a través de la penumbra de su locura percibió cierta hostilidad en mí, pues de inmediato recurrió al último refugio de los de su clase: un silencio testarudo. Al poco tiempo vi que por el momento era inútil hablar con él. Estaba hosco, así que me fui. Más tarde me mandó llamar. Ordinariamente no habría ido sin un motivo especial, pero justo ahora estoy tan interesado en él que con gusto hago el esfuerzo. Además, me alegra tener cualquier cosa que me ayude a pasar el
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Diario de Jonathan Harker
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