Hace siete años todos pasamos por las llamas; y la felicidad de algunos de nosotros desde entonces vale bien, creemos, el dolor que padecimos.
Es una alegría añadida para Mina y para mí que el cumpleaños de nuestro hijo sea el mismo día en que murió Quincey Morris. Su madre alberga, bien lo sé, la secreta creencia de que algo del espíritu de nuestro valiente amigo ha pasado a él. Su ramillete de nombres une a todos los miembros de nuestro pequeño grupo de hombres; pero nosotros le llamamos Quincey.
En el verano de este año hicimos un viaje a Transilvania, y recorrimos aquellos viejos parajes que estaban, y están, tan llenos para nosotros de recuerdos vívidos y terribles.
Era casi imposible creer que las cosas que habíamos visto con nuestros propios ojos y oído con nuestros propios oídos fuesen verdades vivas. Todo rastro de cuanto había sido había quedado borrado. El castillo seguía en pie como antes, alzado muy alto sobre un páramo de desolación.
Cuando volvimos a casa estuvimos hablando del viejo tiempo —el cual todos podíamos recordar sin desesperación, pues Godalming y Seward están felizmente casados. Saqué los papeles de la caja de seguridad donde habían estado desde nuestro regreso, hacía tanto tiempo. Nos llamó la atención el hecho de que, en toda la masa de material de la que se compone el registro, apenas hay un documento auténtico; nada más que un montón de escritos a máquina, a excepción de los cuadernos posteriores de Mina, de Seward y mío, y el memorándum de Van Helsing. Apenas podríamos pedirle a nadie, ni aunque quisiéramos, que aceptara esto como prueba de una historia tan descabellada. Van Helsing lo resumió todo al decir, con nuestro muchacho en las rodillas:—
“No queremos pruebas; ¡no pedimos a nadie que nos crea! Este muchacho sabrá algún día qué mujer tan valiente y galante es su madre. Ya conoce su dulzura y su cariñoso cuidado; más adelante comprenderá cómo algunos hombres la amaron tanto que se atrevieron a mucho por su causa”.
Jonathan Harker.