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El diario de Lucy Westenra

y enérgicamente, hacia el comedor y cerró la puerta. Entonces, por primera vez en mi vida, vi derrumbarse a Van Helsing. Alzó las manos sobre su cabeza en una especie de muda desesperación, y luego golpeó las palmas de sus manos de un modo desamparado; finalmente se sentó en una silla y, llevándose las manos al rostro, rompió a sollozar con sollozos fuertes y secos que parecían brotar de lo más hondo y desgarrador de su corazón. Luego volvió a alzar los brazos, como si apelara a todo el universo. «¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!», dijo. «¿Qué hemos hecho, qué ha hecho esta pobre criatura para que estemos tan acosados? ¿Acaso sigue habiendo un hado entre nosotros, legado del mundo pagano de antaño, para que deban suceder tales cosas, y de tal manera? Esta pobre madre, sin saberlo, y creyendo obrar de la mejor manera, comete semejante acción por la cual pierde a su hija en cuerpo y alma; y no debemos decírselo, ni siquiera debemos advertirla, o morirá, y entonces morirán ambas. ¡Oh, cómo estamos acosados! ¡Cómo se alzan en nuestra contra todos los poderes de los demonios!». De repente se puso en pie de un salto. «Vamos», dijo, «vamos, debemos ver y actuar. Demonios o no demonios, o todos los demonios a la vez, no importa; lucharemos contra él de todos modos». Fue a la puerta del vestíbulo por su maletín y juntos subimos a la habitación de Lucy. Una vez más descorrí la persiana, mientras Van Helsing se acercaba a la cama. Esta vez no se sobresaltó al contemplar el pobre rostro con la misma espantosa palidez cerúlea que antes. Mostraba una expresión de severa tristeza y compasión infinita. «Como esperaba», murmuró, con esa inspiración siseante suya que tanto significaba. Sin decir una palabra fue y cerró la puerta con llave, y luego comenzó a disponer sobre

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