hacer visitas con su madre y, como solo eran compromisos de cortesía, no fui. Ya habrán vuelto a estas horas. 1 de agosto. —Vine aquí hace una hora con Lucy, y tuvimos una charla interesantísima con mi viejo amigo y los otros dos que siempre vienen a unirse a él. Es evidente que es el oráculo del grupo y, a juzgar por su época, debió de ser una persona de lo más dictatorial. No admite nada y le planta cara a todo el mundo. Si no puede rebatirlos, los amedrenta, y luego toma el silencio de estos como asentimiento a sus opiniones. Lucy estaba endiabladamente bonita con su vestido blanco de lino; ha cogido un color precioso desde que está aquí. Noté que los ancianos no perdieron el tiempo en acercarse y sentarse cerca de ella en cuanto nos sentamos. Es tan dulce con los ancianos que creo que todos se enamoraron de ella al instante. Incluso mi viejo sucumbió y no la contradijo, sino que me dio el doble a mí en su lugar. Saqué el tema de las leyendas y él arrancó de inmediato con una especie de sermón. Debo intentar recordarlo y ponerlo por escrito:— «¡Es todo pura habladuría de tontos, de pe a pa; eso es lo que es y nada más! Estos aparecidos, fantasmas, espantos, duendes y todo lo que se le parezca solo sirven para poner a chillar a los críos y a las mujeres aturdidas. No son más que burbujas de aire. Ellos, y todos los malos augurios, señales y advertencias, han sido inventados por curas, malditos escribanos y pregoneros de trenes para aterrorizar y asustar a los zopencos, y lograr que la gente haga algo a lo que de otro modo no se inclinaría. Me pone furioso pensar en ellos. ¡Vaya! Son ellos los que, no contentos con imprimir mentiras en papel y predicarlas desde los púlpitos, quieren grabarlas en las lápidas. Miren a su alrededor en la dirección que quieran; todas esas piedras, que alzan
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VI. Diario de Mina Murray
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