uñas eran largas y finas, y estaban cortadas en punta aguda. Cuando el conde se inclinó sobre mí y sus manos me rozaron, no pude reprimir un estremecimiento. Quizá se debiera a que su aliento era apestoso, pero me invadió un horrible sentimiento de náusea que, por mucho que lo intenté, no pude ocultar. El conde, al advertirlo claramente, se apartó y, con una sonrisa entre sombría y burlona, que dejó ver sus dientes salientes más que hasta entonces, volvió a sentarse a su lado de la chimenea. Permanecimos en silencio durante un rato; y al mirar hacia la ventana vi la primera raya tenue del alba que se aproximaba. Parecía reinar una extraña quietud sobre todas las cosas; pero al aguzar el oído escuché, como si viniera de muy abajo en el valle, el aullido de muchos lobos. Los ojos del conde brillaron y dijo:— «Escuchadlos—los hijos de la noche. ¡Qué música hacen!». Al ver, supongo, alguna expresión insólita en mi rostro, añadió:— «Ah, señor, los habitantes de la ciudad no podéis comprender los sentimientos del cazador». Luego se levantó y dijo:— «Pero debéis de estar cansado. Vuestro dormitorio está listo y mañana dormiréis todo lo que queráis. Tengo que estar fuera hasta la tarde; así que ¡dormid bien y que tengáis buenos sueños!». Con una cortés reverencia, me abrió él mismo la puerta de la habitación octogonal, y entré en mi dormitorio. … Me encuentro en un mar de maravillas. Dudo; temo; pienso cosas extrañas que no me atrevo a confesar a mi
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Diario de Jonathan Harker
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