la mesita los instrumentos para una nueva operación de transfusión de sangre. Hacía tiempo que había reconocido la necesidad y empezaba a quitarme la chaqueta, pero él me detuvo con una mano precautoria. «¡No!», dijo. «Hoy usted debe operar. Yo proveeré. Ya está debilitado». Mientras hablaba se quitó la chaqueta y se remangó la camisa. De nuevo la operación; de nuevo el narcótico; de nuevo cierto retorno de color a las mejillas cenicientas y la respiración regular de un sueño saludable. Esta vez me quedé vigilando mientras Van Helsing se recuperaba y descansaba. Al poco rato aprovechó la ocasión para decirle a la señora Westenra que no debía retirar nada de la habitación de Lucy sin consultarle a él; que las flores tenían valor medicinal y que respirar su olor formaba parte del sistema de curación. Luego se hizo cargo él mismo del cuidado del caso, diciendo que velaría esta noche y la siguiente y que me avisaría cuándo debía acudir. Al cabo de otra hora Lucy despertó de su sueño, fresca, radiante y Aparentemente no muy afectada por su terrible suplicación. ¿Qué significa todo esto? Empiezo a preguntarme si mi larga costumbre de vivir entre alienados está empezando a hacer mella en mi propio
Diario de Lucy Westenra. 17 de septiembre. —Cuatro días y noches de paz. Estoy volviéndome tan fuerte otra vez que apenas me reconozco. Es como si hubiera atravesado una larga pesadilla y acabara de despertar para ver el hermoso sol y sentir el aire fresco de la mañana a mi alrededor. Tengo un recuerdo vago y a medias de largos y angustiosos tiempos de espera y temor; oscuridad en la que ni siquiera existía el dolor de la esperanza para hacer más agudo el sufrimiento presente: y luego largos lapsos de olvido, y el resurgir a la vida como un buzo que asciende a través