allá había algún campesino o campesina arrodillado ante una hornacina que ni siquiera se volvía al acercarnos, sino que parecía, en la entrega total de la devoción, no tener ojos ni oídos para el mundo exterior. Había muchas cosas nuevas para mí; por ejemplo, almiares entre los árboles y, de vez en cuando, masas hermosísimas de abedules llorones, cuyos troncos blancos brillaban como la plata a través del delicado verde de las hojas. De vez en cuando pasábamos junto a un carro de escalera —el carro ordinario de los campesinos—, con su larga vértebra serpentina, diseñada para adaptarse a los desniveles del camino. En él invariablemente iba sentado todo un grupo de campesinos que regresaban a casa, los checos con sus pieles de oveja blancas y los eslovacos con las de colores, llevando estos últimos a modo de lanza sus largas varas con un hacha en el extremo. Al caer la noche empezó a hacer mucho frío, y el crepúsculo creciente parecía fundir en una sola bruma oscura la penumbra de los árboles —robles, hayas y pinos—, aunque en los valles que se hundían profundamente entre los contrafuertes de los montes, mientras ascendíamos por el desfiladero, los abetos oscuros destacaban aquí y allá contra el fondo de la nieve persistente. A veces, como el camino estaba excavado entre los pinares que en la oscuridad parecían cerrarse sobre nosotros, grandes masas de grisalla que por partes salpicaban los árboles producían un efecto singularmente misterioso y solemne, que prolongaba los pensamientos y lúgubres fantasías engendradas antes en la tarde, cuando los últimos rayos del sol poniente arrojaban a un relieve extraño las nubes fantasmales que entre los Cárpatos parecen serpentear sin cesar por los valles. A veces las colinas eran tan empinadas que, a pesar de la
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I. Diario de Jonathan Harker
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