con suspiros largos y pesados, como si se esforzara por llenar sus pulmones con cada aliento. Al acercarme, levantó la mano en sueños y se acercó el cuello del camisón a la garganta. Mientras lo hacía, un pequeño escalofrío recorrió su cuerpo, como si sintiera el frío. Le eché el chal cálido por encima y ajusté los bordes firmemente alrededor de su cuello, pues temía que cogiera un catarro mortal del aire de la noche, tan desabrigada como iba. Temía despertarla de golpe, así que, para tener las manos libres y poder ayudarla, le sujeté el chal a la garganta con un gran imperdible; pero debí de ser torpe en mi ansiedad y la pellizqué o pinché con él, pues al poco rato, cuando su respiración se calmó, volvió a llevarse la mano a la garganta y gimió. Cuando la hube envuelto cuidadosamente, le puse los zapatos en los pies y luego comencé a despertarla con mucha suavidad. Al principio no respondió; pero poco a poco se fue mostrando cada vez más inquieta en sueños, gimiendo y suspirando de vez en cuando. Por fin, como el tiempo pasaba de largo y, por muchas otras razones, deseaba llevarla a casa de inmediato, la sacudí con más fuerza hasta que finalmente abrió los ojos y se despertó. No parecía sorprendida de verme, ya que, por supuesto, no se dio cuenta de golpe de dónde estaba. Lucy siempre se despierta con gracia, e incluso en un momento así, cuando su cuerpo debió de estar helado de frío y su mente algo aterrorizada al despertarse desabrigada en un cementerio por la noche, no perdió su elegancia. Tembló un poco y se aferró a mí; cuando le dije que viniera conmigo a casa de inmediato, se levantó sin decir una palabra, con la obediencia de una niña. Al caminar, la grava me hacía daño en los pies, y Lucy notó que hacía muecas de dolor. Se detuvo y quiso insistir en que
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VIII. Diario de Mina Murray
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