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XVII. Diario del Dr. Seward

vez que hube arreglado mi aspecto, bajé al estudio del Dr. Seward. En la puerta me detuve un momento, pues creí oírlo hablar con alguien. Como, sin embargo, me había insistido en que fuera rápida, llamé a la puerta y, al gritar él «Adelante», entré. Para mi intensa sorpresa, no había nadie con él. Estaba completamente solo, y sobre la mesa frente a él se encontraba lo que supe enseguida, por la descripción, que era un fonógrafo. Jamás había visto uno, y me interesó mucho. —Espero no haberlo hecho esperar —dije—; pero me detuve en la puerta al oírlo hablar y pensé que había alguien con usted. —Ah —respondió con una sonrisa—, solo estaba escribiendo mi diario. —¿Su diario? —le pregunté sorprendida. —Sí —contestó—. Lo llevo en esto. —Mientras hablaba, puso la mano sobre el fonógrafo. Me sentí muy entusiasmada con aquello y lo solté de golpe:⁠— ¡Vaya, esto supera incluso a la taquigrafía! ¿Puedo oírlo decir algo? —Por supuesto —respondió con presteza, y se levantó para ponerlo en marcha. Luego se detuvo, y una expresión de zozobra cruzó por su rostro. —El caso es —comenzó torpemente—, que solo guardo en él mi diario; y como trata enteramente —casi enteramente— sobre mis casos, puede resultar incómodo... es decir, quiero decir...

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