de la habitación, a través cuya parte superior podía ver la luz del gas brillando como un ojo rojo. Las cosas empezaron a dar vueltas en mi cerebro tal como la columna nubosa giraba ahora en la habitación, y a través de todo ello acudieron las palabras bíblicas: «Una columna de nube de día y de fuego de noche». ¿Acaso era de verdad una guía espiritual semejante la que acudía a mí en sueños? Pero la columna estaba compuesta tanto por la guía diurna como por la nocturna, pues el fuego estaba en el ojo rojo, el cual, al pensarlo, adquirió una nueva fascinación para mí; hasta que, mientras miraba, el fuego se dividió y pareció brillar sobre mí a través de la niebla como dos ojos rojos, de esos que me contó Lucy en su momentáneo desvarío mental cuando, en el acantilado, la luz del sol moribundo golpeaba los ventanales de la iglesia de Santa María. De repente me sobrecogió el horror de que así era como Jonathan había visto a aquellas horribles mujeres cobrar realidad a través de la neblina giratoria a la luz de la luna, y en mi sueño debí de desmayarme, pues todo se volvió una oscuridad absoluta. El último esfuerzo consciente que hizo la imaginación fue mostrarme un rostro blanco y lívido inclinado sobre mí desde la bruma. Debo tener cuidado con esos sueños, pues desquiciarían la razón de uno si se repitieran demasiado. Haría que el doctor Van Helsing o el doctor Seward me recetaran algo que me hiciera dormir, de no ser porque temo alarmarlos. Un sueño así en los momentos que corren se tejerá en sus temores por mí. Esta noche me esforzaré al máximo por dormir de forma natural. Si no lo consigo, mañana por la noche haré que me den una dosis de cloral; eso no puede hacerme daño por una vez, y me proporcionará una buena noche de sueño. La noche pasada me fatigó más que si no hubiera dormido en absoluto. 2 de octubre, 10 p.m.
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XIX. Diario de Jonathan Harker
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