es nada —dije—; puede haber duplicados y, de cualquier modo, no es difícil ganzuar una cerradura de ese tipo».
No dijo nada, pero se guardó la llave en el bolsillo. Luego me dijo que vigilara en un lado del cementerio mientras él vigilaba en el otro. Tomé mi puesto detrás de un tejo y vi su oscura figura moverse hasta que las lápidas y los árboles intermedios la ocultaron de mi vista. Fue una vigilia solitaria. Justo después de haber tomado mi puesto, oí un reloj lejano dar las doce, y a su tiempo llegaron la una y las dos. Estaba helado y desasosegado, enfadado con el Profesor por haberme llevado a tal recado y conmigo mismo por haber venido. Estaba demasiado frío y con demasiado sueño como para ser agudamente observador, y no lo suficientemente dormido como para traicionar mi cometido, así que, en suma, pasé un rato sombrío y miserable.