“No, señor. Pero no tiene por qué tener dificultad con eso. Es una alta, con frente de piedra y un mirador, y escalones altos para subir a la puerta. Yo conozco esos escalones, ¡habiendo tenido que subir las maletas con tres vagos que vinieron por ahí para ganarse una perra chica! El viejo les dio unos chelines, y al ver que les había dado tanto, quisieron más; pero él agarró a uno del hombro y estuvo a punto de tirarlo por los escalones abajo, hasta que se fueron todos maldiciendo”.
Pensé que con esta descripción podría encontrar la casa, así que, tras pagar a mi amigo por su información, partí hacia Piccadilly. Había adquirido una nueva y dolorosa experiencia; era evidente que el Conde podía manipular las cajas de tierra por sí mismo. Si era así, el tiempo era oro; pues, ahora que había llevado a cabo cierta cantidad de distribuciones, podía, eligiendo su propio momento, completar la tarea sin ser visto. En Piccadilly Circus despedí mi carruaje y caminé hacia el oeste; más allá del Junior Constitutional, me topé con la casa descrita y tuve la certeza de que era el siguiente de los escondites preparados por Drácula. La casa parecía haber estado deshabitada durante mucho tiempo. Los ventanas estaban incrustadas de polvo y las persianas echadas. Toda la carpintería era negra por el paso del tiempo y, del hierro, la pintura se había descascarillado en su mayor parte. Era evidente que hasta hace poco había habido un gran cartel anunciador frente al balcón; sin embargo, había sido arrancado violentamente, y aún quedaban los postes que lo habían sostenido. Detrás de los barrotes del balcón vi que había unas tablas sueltas, cuyos bordes cortados se veían blancos. Habría dado mucho por poder ver el cartel intacto, ya que tal vez habría dado alguna pista sobre