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XXIII. Diario del Dr. Seward

ya demuestra que luego fue a Mile End. Esto le llevó algún tiempo; pues entonces habría tenido que ser transportado al otro lado del río de alguna manera. Creedme, amigos míos, no tendremos que esperar mucho ahora. Debemos tener preparado algún plan de ataque para no desperdiciar ninguna oportunidad. ¡Silencio, ya no hay tiempo! ¡Tened vuestras armas! ¡Estad preparados!». Alzó una mano en señal de advertencia mientras hablaba, pues todos pudimos oír una llave introduciéndose con suavidad en la cerradura de la puerta del vestíbulo. No pude dejar de admirar, aun en un momento así, la forma en que un espíritu dominante se imponía por sí mismo. En todas nuestras partidas de caza y aventuras por distintas partes del mundo, Quincey Morris siempre había sido el encargado de organizar el plan de acción, y Arthur y yo estábamos acostumbrados a obedecerle ciegamente. Ahora, el viejo hábito parecía renacer por instinto. Con una rápida mirada a la habitación, trazó de inmediato nuestro plan de ataque y, sin decir una palabra, con un gesto, nos colocó a cada uno en su puesto. Van Helsing, Harker y yo estábamos justo detrás de la puerta, de modo que cuando se abriera el profesor pudiera custodiarla mientras nosotros dos nos interponíamos entre el recién llegado y la puerta. Godalming atrás y Quincey al frente se situaron justo fuera de la vista, listos para adelantarse hacia la ventana. Esperamos con un suspense que hizo que los segundos pasaran con la lentitud de una pesadilla. Los pasos lentos y cautelosos recorrieron el vestíbulo; el conde estaba evidentemente preparado para alguna sorpresa, o al menos la temía. De repente, con un solo salto se abalanzó sobre la habitación, abriéndose paso entre nosotros antes de que

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