jaleo del demonio y hacer trizas lo que sea. Pero, válgame Dios, en la vida real un lobo no es más que una criatura inferior, ni la mitad de listo ni de audaz que un buen perro, y ni una cuarta parte combativo. Este no está acostumbrado a pelear ni siquiera a buscarse la vida por sí mismo, y lo más probable es que ande por el parque escondido y tiritando y, si es capaz de pensar, preguntándose de dónde va a sacar el desayuno; o tal vez se haya metido en algún tragaluz y esté en un sótano de carbón. ¡Caramba, qué susto se llevará alguna cocinera cuando vea sus ojos verdes brillándole en la oscuridad! Si no puede conseguir comida, tendrá que buscarla, y tal vez le dé por dar con una carnicería a tiempo. Si no lo hace, y alguna niñera se va a pasear con un soldado dejando al infante en el cochecito... bueno, pues no me extrañaría que en el censo faltara un bebé. Eso es todo. Le iba a entregar el medio soberano cuando algo chocó contra la ventana y la cara del señor Bilder duplicó su longitud natural por la sorpresa. —¡Dios me bendiga! —dijo—. ¡Si ahí viene el viejo Bersicker de vuelta por su propio pie! Fue a la puerta y la abrió, un trámite de lo más innecesario a mi parecer. Siempre he pensado que un animal salvaje nunca se ve tan bien como cuando media entre nosotros un obstáculo de marcada durabilidad; una experiencia personal ha intensificado en lugar de disminuir esa idea. Al fin y al cabo, sin embargo, no hay nada como la costumbre, pues ni Bilder ni su esposa prestaron al lobo más atención de la que yo le habría dado a un perro. El
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El diario de Lucy Westenra
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