Diario de Mina Harker. 1 de noviembre. —Hemos viajado todo el día y a buen ritmo. Los caballos parecen saber que se les trata con amabilidad, pues recorren de buena gana cada etapa a su máxima velocidad. Hemos hecho ya tantos cambios y comprobado lo mismo con tanta constancia que nos anima a pensar que el viaje será fácil. El doctor Van Helsing es lacónico; les dice a los campesinos que tiene prisa por llegar a Bistritz y les paga bien para efectuar el cambio de caballos. Tomamos sopa caliente, o café, o té, y nos ponemos en marcha. Es un país precioso, lleno de bellezas de todas las clases imaginables; la gente es valiente, fuerte y sencilla, y parece rebosar buenas cualidades. Son muy, muy supersticiosos. En la primera casa donde paramos, cuando la mujer que nos atendió vio la cicatriz en mi frente, se santiguó y me extendió dos dedos para alejar el mal de ojo. Creo que se tomaron la molestia de poner una cantidad adicional de ajo en nuestra comida, y no soporto el ajo. Desde entonces he tenido cuidado de no quitarme el sombrero ni el velo, escapando así de sus sospechas. Viajamos rápido y, como no llevamos cochero que vaya con cuentos, nos adelantamos a los chismes; pero me atrevo a decir que el miedo al mal de ojo nos perseguirá de cerca durante todo el trayecto. El profesor parece incansable; en todo el día no quiso descansar, aunque a mí me hizo dormir un buen rato. A la hora de la puesta de sol me hipnotizó, y dice que respondí como de costumbre: «oscuridad, chapoteo de agua y crujido de madera»; de modo que nuestro enemigo sigue en el río. Me da miedo pensar en Jonathan, pero de algún modo ya no siento temor por él ni por mí. Escribo esto mientras esperamos en una granja a que tengan listos los caballos. El doctor Van Helsing está durmiendo. Pobre querido, se le ve muy cansado, viejo y canoso, pero tiene los labios apretados con tanta firmeza como los de un conquistador; incluso en sueños destila resolución. Cuando hayamos partido bien, debo obligarle a descansar mientras conduzco yo. Le diré que tenemos días por delante y no debemos derrumbarnos justo cuando más se va a necesitar su fuerza. … Todo está listo; nos vamos en breve. 2 de noviembre, por la mañana. —Tuve éxito y nos turnamos para conducir toda la noche; ahora el día se nos echa encima, brillante aunque frío. Hay una extraña pesadez en el aire —digo pesadez a falta de una palabra mejor—; quiero decir que nos oprime a ambos. Hace mucho frío y solo nuestros abrigos de pieles nos mantienen cómodos. Al amanecer, Van Helsing me hipnotizó; dice que respondí: «oscuridad, crujido de madera y bramido de agua», por lo que el río va cambiando a medida que ascienden. ¡Cuánto deseo que mi amado no corra ningún riesgo de peligro, más de lo necesario!; pero estamos en las manos de Dios. 2 de noviembre, por la noche. —Conduciendo todo el día. El país se vuelve más agreste a medida que avanzamos, y los grandes contrafuertes de los Cárpatos, que en Veresti nos parecían tan lejanos y tan bajos en el horizonte, ahora parecen reunirse a nuestro alrededor y alzarse imponentes al frente. Ambos parecemos de buen ánimo; creo que cada uno hace un esfuerzo por animar al otro, y al hacerlo nos animamos a nosotros mismos. El doctor Van Helsing dice que por la mañana llegaremos al desfiladero de Borgo. Las casas son muy escasas aquí ahora, y el profesor dice que el último caballo que conseguimos tendrá que continuar con nosotros, ya que tal vez no podamos cambiarlo. Consiguió dos además de los dos que cambiamos, de modo que ahora llevamos un rudimentario tiro de cuatro. Los queridos caballos son pacientes y buenos, y no nos dan problemas. No nos preocupan otros viajeros, así que incluso yo puedo conducir. Llegaremos al desfiladero con luz natural; no queremos llegar antes. Así que nos lo tomamos con calma y cada uno descansa un buen rato por turnos. Oh, ¿qué nos traerá el mañana? Vamos a buscar el lugar donde mi pobre amado sufrió tanto. Dios quiera que seamos guiados correctamente, y que Él se digne velar por mi esposo y por los seres queridos de ambos, que se encuentran en tan mortal peligro. En cuanto a mí, no soy digna ante Sus ojos. ¡Ay!, soy impura aSu vista, y lo seré hasta que Él se digne dejarme comparecer ante Él como una de aquellas personas que no han incurrido en Su ira.
Memorándum de Abraham Van Helsing. 4 de noviembre. —Esto es para mi viejo y verdadero amigo John Seward, M.D., de Purfleet, Londres, por si acaso no llego a verle. Puede servir de explicación. Es de mañana, y escribo junto a un fuego que he mantenido vivo durante toda la noche, con la ayuda de la señora Mina. Hace frío, frío; tanto frío que el cielo gris y pesado está lleno de nieve, la cual, cuando caiga, se asentará para todo el invierno, ya que el suelo se está endureciendo para recibirla. Parece haber afectado a la señora Mina; ha estado tan embotada de cabeza todo el día que no parecía ella misma. ¡Duerme, y duerme, y duerme! Ella, que suele ser tan alerta, no ha hecho literalmente nada en todo el día; incluso ha perdido el apetito. No hace ninguna anotación en su pequeño diario, ella que escribe con tanta fidelidad en cada pausa. Algo me susurra que no todo va bien. Sin embargo, esta noche está más vif. Su largo sueño durante todo el día la ha refrescado y restaurado, pues ahora está tan dulce y radiante como siempre. A la puesta del sol intento hipnotizarla, mas ¡ay!; sin resultado; el poder ha ido disminuyendo cada día más, y esta noche me falla por completo. Bien, hágase la voluntad de Dios, ¡sea cual fuere y adondequiera que conduzca! Ahora a lo histórico, pues como la señora Mina no escribe en su taquigrafía, debo hacerlo yo a mi antigua y engorrosa usanza, para que ninguno de nuestros días se quede sin registrar. Llegamos al desfiladero de Borgo justo después del amanecer de ayer por la mañana. Cuando vi los signos del alba me preparé para la hipnosis. Detuvimos nuestro carruaje y bajamos para que no hubiera ninguna molestia. Hice un lecho con pieles, y la señora Mina, al tumbarse, se entregó como de costumbre, pero de forma más lenta y durante menos tiempo que nunca, al sueño hipnótico. Como antes, vino la respuesta: «oscuridad y remolino de agua». Luego despertó, brillante y radiante, y seguimos nuestro camino para llegar pronto al desfiladero. En este momento y lugar, ella se encendió de celo; algún nuevo poder guía se manifestaba en ella, pues señaló un camino y dijo:— «Este es el camino». «¿Cómo lo sabes?», pregunto. «Por supuesto que lo sé», responde ella, y tras una pausa añade: «¿Acaso no lo recorrió mi Jonathan y escribió sobre su viaje?». Al principio me parece un tanto extraño, pero pronto veo que solo existe un camino vecinal así. Se usa muy poco, y es muy diferente de la carretera de carruajes de la Bucovina a Bistritz, que es más ancha y dura, y más transitada. Así bajamos por este camino; cuando encontrábamos otros caminos —no siempre estábamos seguros de que fueran caminos en absoluto, pues están descuidado y ha caído nieve ligera— los caballos lo saben y solo ellos. Les suelto las riendas y avanzan muy pacientes. Al poco rato encontramos todas las cosas que Jonathan había anotado en ese maravilloso diario suyo. Luego seguimos durante largas, largas horas y horas. Al principio, le digo a la señora Mina que duerma; ella lo intenta y lo logra. Duerme todo el tiempo; hasta que al final, me siento demasiado receloso e intento despertarla. Pero ella sigue durmiendo, y no puedo despertarla a pesar de que lo intento. No deseo esforzarme demasiado por temor a dañarla; pues sé que ha sufrido mucho, y que a veces el sueño lo es todo para ella. Creo que yo mismo me amodorro, pues de repente siento culpa, como si hubiera hecho algo; me encuentro sentado de un salto, con las riendas en la mano, y los buenos caballos siguen a trote, trote, como siempre. Miro hacia abajo y encuentro a la señora Mina todavía durmiendo. Ya no falta mucho para la puesta del sol, y sobre la nieve la luz del sol fluye en una gran crecida amarilla, de modo que proyectamos grandes y largas sombras allí donde la montaña se eleva tan abrupta. Pues vamos subiendo, y subiendo; y todo es ¡oh!, tan agreste y rocoso, como si fuera el fin del mundo. Entonces despierto a la señora Mina. Esta vez se despierta sin mucha dificultad, y luego intento inducirle el sueño hipnótico. Pero ella no duerme, comportándose como si yo no estuviera. Aun así, lo intento una y otra vez, hasta que de repente nos hallamos, ella y yo, en la oscuridad; así que miro a mi alrededor y descubro que el sol se ha puesto. La señora Mina se ríe, y yo me vuelvo y la miro. Está ya completamente despierta, y se ve tan bien como nunca la había visto desde aquella noche en Carfax cuando entramos por primera vez en la casa del Conde. Estoy asombrado, y entonces no estoy tranquilo; pero ella es tan brillante, tierna y considerada conmigo que olvido todo temor. Enciendo una fuego, pues hemos traído provisión de leña con nosotros, y ella prepara la comida mientras yo desengancho a los caballos y los dejo, atados al resguardo, para que coman. Luego, cuando regreso junto al fuego, ella tiene lista mi cena. Voy a ayudarla; pero ella sonríe y me dice que ya ha comido, que tenía tanta hambre que no ha querido esperar. No me gusta, y tengo graves dudas; pero temo aterrorizarla, y por eso guardo silencio al respecto. Ella me ayuda y yo como solo; y luego nos envolvemos en pieles y nos tumbamos junto al fuego, y le digo que duerma mientras yo vigilo. Pero al poco tiempo me olvido de toda vigilancia; y cuando de pronto recuerdo que estoy vigilando, la encuentro tumbada tranquila, pero despierta, y mirándome con unos ojos muy brillantes. Una, dos veces más ocurre lo mismo, y consigo dormir bastante antes de la mañana. Cuando despierto intento hipnotizarla; pero, ¡ay!, aunque cierra los ojos obediente, no puede dormir. El sol se eleva, y se eleva, y se eleva; y entonces el sueño la alcanza demasiado tarde, pero tan pesado que no quiere despertar. Tengo que levantarla y colocarla dormida en el carruaje una vez que he uncido a los caballos y lo he dejado todo listo. La señora sigue durmiendo, y en su sueño se ve más sana y más sonrosada que antes. Y no me gusta. ¡Y tengo miedo, miedo, miedo!—Tengo miedo de todas las cosas—incluso de pensar, pero debo seguir mi camino. La apuesta en nuestro juego es la vida o la muerte, o algo más que eso, y no debemos acobardarnos. 5 de noviembre, por la mañana. —Permítanme ser exacto en todo, pues aunque usted y yo hemos visto algunas cosas extrañas juntos, al principio puede pensar que yo, Van Helsing, estoy loco—que los muchos horrores y la tensión tan prolongada de los nervios han terminado por trastornar mi cerebro. Todo el día de ayer viajamos, acercándonos cada vez más a las montañas y adentrándonos en una tierra cada vez más agreste y desierta. Hay grandes y ceñudos precipicios y mucha agua que cae, y la naturaleza parece haber celebrado en algún momento su carnaval. La señora Mina sigue durmiendo y durmiendo; y aunque sentí hambre y la calmé, no pude despertarla—ni siquiera para comer. Empecé a temer que el fatídico hechizo del lugar se hubiera apoderado de ella, manchada como está con ese bautismo vampírico. «Bien», me dije a mí mismo, «si resulta que ella duerme todo el día, también sucederá que yo no duerma por la noche». Mientras avanzábamos por el camino escarpado, pues había un camino de tipo antiguo e imperfecto, incliné la cabeza y dormí. De nuevo desperté con una sensación de culpa y de tiempo transcurrido, y encontré a la señora Mina todavía durmiendo, y el sol bajo. Pero todo había cambiado en verdad; las ceñudas montañas parecían más lejanas, y estábamos cerca de la cima de una colina de empinada ascensión, en cuya cumbre había un castillo como el que Jonathan relata en su diario. Al instante me regocijé y temí; pues ahora, para bien o para mal, el fin estaba cerca. Desperté a la señora Mina e intenté de nuevo hipnotizarla; pero ¡ay!, fue inútil hasta demasiado tarde. Entonces, antes de que nos cayera encima la gran oscuridad—pues incluso después de la puesta del sol el cielo reflejaba el sol ya ido sobre la nieve, y todo estuvo por un tiempo en un gran crepúsculo— saqué a los caballos y los alimenté en el mejor resguardo que pude. Luego hice una fuego; y cerca de él hice que la señora Mina, ahora despierta y más encantadora que nunca, se sentara cómodamente entre sus mantas. Preparé comida; pero ella no quiso comer, limitándose a decir que no tenía hambre. No insistí, conociendo su inutilidad. Pero yo sí comí, pues ahora necesitaba estar fuerte para todo. Entonces, con el miedo dentro de mí de lo que pudiera suceder, tracé un círculo lo suficientemente grande para su comodidad, alrededor de donde estaba sentada la señora Mina; y sobre el círculo pasé algo de la hostia, y la desmenuzé finamente para que todo quedara bien protegido. Ella permaneció sentada todo el tiempo—tan inmóvil como una muerta; y se fue poniendo más y más blanca hasta que la nieve no era más pálida; y no pronunció ninguna palabra. Pero cuando me acerqué, se aferró a mí, y pude notar que la pobre alma se estremecía de la cabeza a los pies con un temblor que era doloroso de sentir. Le dije al poco rato, cuando se hubo calmado más:— «¿No vendrás junto al fuego?», pues deseaba poner a prueba lo que ella podía hacer. Se levantó obediente, pero cuando hubo dado un paso se detuvo y se quedó como fulminada. «¿Por qué no sigues?», pregunté. Ella sacudió la cabeza y, volviendo atrás, se sentó en su lugar. Entonces, mirándome con los ojos abiertos, como alguien despertado del sueño, dijo simplemente:— «¡No puedo!», y permaneció en silencio. Me regocijé, pues sabía que lo que ella no podía, ninguno de aquellos a quienes temíamos podía hacerlo. ¡Aunque pudiera haber peligro para su cuerpo, su alma estaba a salvo! Al poco rato los caballos empezaron a relinchar y tiraron de sus ataduras hasta que me acerqué a ellos y los tranquilicé. Cuando sintieron mis manos sobre ellos, relincharon quedamente como de alegría, lamieron mis manos y se calmaron por un tiempo. Muchas veces durante la noche acudí a ellos, hasta que llegó la hora fría en que toda la naturaleza está en su punto más bajo; y cada vez mi llegada los calmaba. En la hora fría el fuego comenzó a apagarse, y estaba a punto de dar un paso al frente para reponerlo, pues ahora la nieve venía en ráfagas voladoras y con ella una niebla helada. Incluso en la oscuridad había una luz de algún tipo, como la hay siempre sobre la nieve; y parecía como si las ráfagas de nieve y los jirones de niebla tomaran la forma de mujeres con ropajes flotantes. Todo era un silencio sepulcral y sombrío, salvo que los caballos relinchaban y se acurrucaban, como si tuvieran el peor de los terrores. Comencé a temer—horribles temores; pero entonces acudió a mí la sensación de seguridad en aquel círculo en el que me encontraba. Empecé también a pensar que mis imaginaciones eran fruto de la noche, de la penumbra y de la zozobra por la que había pasado, y de toda la terrible ansiedad. Era como si mis recuerdos de toda la horrible experiencia de Jonathan me estuvieran embaucando; pues los copos de nieve y la niebla comenzaron a girar y dar vueltas en círculo, hasta que pude vislumbrar como una sombra a aquellas mujeres que lo habrían besado. Y entonces los caballos se acurrucaron más y más bajo y gimieron de terror como lo hacen los hombres con dolor. Ni siquiera la locura del espanto se apoderaba de ellos como para que pudieran huir. Temí por mi querida señora Mina cuando estas figuras fantasmales se acercaron y dieron vueltas en círculo. La miré, pero ella estaba sentada calmada y me sonrió; cuando quise dar un paso hacia el fuego para reponerlo, ella me atrapó y me retuvo, y me susurró, con una voz como la que se oye en un sueño, tan baja era:— «¡No! ¡No! ¡No vayas afuera! ¡Aquí estás a salvo!». Me volví hacia ella y, mirándola a los ojos, dije:— «¿Pero tú? ¡Es por ti por quien temo!», ante lo cual ella rió—una risa baja e irreal—, y dijo:— «¡Temer por mí! ¿Por qué temer por mí? Nadie está más a salvo en todo el mundo de ellos que yo», y mientras yo me maravillaba del significado de sus palabras, una ráfaga de viento hizo saltar la llama y vi la cicatriz roja en su frente. Entonces, ¡ay!, lo supe. De no haberlo hecho, pronto lo habría aprendido, pues las figuras giratorias de niebla y nieve se acercaban más, manteniéndose siempre fuera del círculo sagrado. Luego comenzaron a materializarse hasta que—si Dios no me ha quitado la razón, pues lo vi con mis propios ojos— hubo ante mí, en carne viva, las mismas tres mujeres que Jonathan vio en la habitación, cuando querían besar su garganta. Conocía las formas ondulantes y redondas, los ojos brillantes y duros, los dientes blancos, el color sonrosado, los labios voluptuosos. Sonreían siempre a la pobre y querida señora Mina; y cuando su risa resonó a través del silencio de la noche, entrelazaron los brazos y la señalaron, diciendo con aquellos tonos tan dulces y vibrantes que, según Jonathan, tenían la dulzura intolerable de las copas de cristal:— «Ven, hermana. Ven con nosotras. ¡Ven! ¡Ven!». Con miedo me volví hacia mi pobre señora Mina, y mi corazón dio un vuelco de alegría como una llama; porque, ¡oh!, el terror en sus dulces ojos, la repulsión, el horror, contaban una historia a mi corazón que estaba llena de esperanza. Gracias a Dios, ella aún no era una de ellos. Cogí un poco de leña que tenía al lado y, blandiendo parte de la Hostia, avancé hacia ellas en dirección al fuego. Retrocedieron ante mí y rieron su risa baja y horrible. Alimenté el fuego y no les temí; pues sabía que estábamos a salvo dentro de nuestras protecciones. No podían acercarse a mí, mientras estuviera así armado, ni a la señora Mina mientras permaneciera dentro del círculo, el cual no podía abandonar del mismo modo que ellas no podían entrar. Los caballos habían dejado de gemir y yacían inmóviles en el suelo; la nieve caía suavemente sobre ellos, y se volvieron más blancos. Supe que para las pobres bestias ya no había más terror. Y así permanecimos hasta que el rojo del alba cayó a través de la penumbra nevada. Yo estaba desolado y atemorizado, lleno de dolor y terror; pero cuando aquel hermoso sol comenzó a ascender por el horizonte, la vida volvió a mí. A la primera llegada del alba, las horribles figuras se disolvieron en la niebla y la nieve arremolinadas; los jirones de penumbra transparente se alejaron hacia el castillo y se perdieron. Instintivamente, con la llegada del alba, me volví hacia la señora Mina, con la intención de hipnotizarla; pero ella yacía en un sueño profundo y repentino del que no pude despertarla. Intenté hipnotizarla a través de su sueño, pero no respondió, en absoluto; y rompió el día. Todavía temo moverme. He hecho mi fuego y he visto a los caballos; están todos muertos. Hoy tengo mucho que hacer aquí, y sigo esperando hasta que el sol esté bien alto; pues puede haber lugares a los que deba ir donde esa luz solar, aunque la nieve y la niebla la oscurezcan, sea para mí una salvación. Me fortaleceré con el desayuno y luego me pondré a mi terrible labor. La señora Mina sigue durmiendo; y, ¡gracias a Dios!, está tranquila en su sueño. …
Diario de Jonathan Harker. 4 de noviembre, noche. —El accidente de la lancha ha sido algo terrible para nosotros. De no ser por eso, habríamos alcanzado el bote hace mucho tiempo; y para estas horas mi querida Mina sería libre. Temo pensar en ella, sola por los páramos cerca de ese lugar espantoso. Tenemos caballos y seguimos la pista. Anoto esto mientras Godalming se prepara. Tenemos nuestras armas. Los szgany tendrán que cuidarse si pretenden presentar batalla. Oh, si al menos Morris y Seward estuvieran con nosotros. ¡Solo nos queda tener esperanza! Si no vuelvo a escribir ¡Adiós, Mina! Que Dios te bendiga y te guarde.
Diario del Dr. Seward. 5 de noviembre. —Con el alba vimos ante nosotros el cuerpo de szganis que huía del río en su carro de mano. Lo rodeaban en racimo y se apresuraban como si estuvieran acosados. La nieve cae ligeramente y hay una extraña excitación en el aire. Puede que sean nuestros propios sentimientos, pero la depresión es extraña. A lo lejos oigo aullar a los lobos; la nieve los hace bajar de las montañas, y hay peligros para todos nosotros, y por todas partes. Los caballos están casi listos y pronto partiremos. Cabalgamos hacia la muerte de alguien. Solo Dios sabe quién, dónde, qué, cuándo o cómo será. …
Dr. Van Helsing’s Memorandum. 5 November, afternoon. —I am at least sane. Thank God for that mercy at all events, though the proving it has been dreadful. When I left Madam Mina sleeping within the Holy circle, I took my way to the castle. The blacksmith hammer which I took in the carriage from Veresti was useful; though the doors were all open I broke them off the rusty hinges, lest some ill-intent or ill-chance should close them, so that being entered I might not get out. Jonathan’s bitter experience served me here. By memory of his diary I found my way to the old chapel, for I knew that here my work lay. The air was oppressive; it seemed as if there was some sulphurous fume, which at times made me dizzy. Either there was a roaring in my ears or I heard afar off the howl of wolves. Then I bethought me of my dear Madam Mina, and I was in terrible plight. The dilemma had me between his horns. Her, I had not dare to take into this place, but left safe from the Vampire in that Holy circle; and yet even there would be the wolf! I resolve me that my work lay here, and that as to the wolves we must submit, if it were God’s will. At any rate it was only death and freedom beyond. So did I choose for her. Had it but been for myself the choice had been easy, the maw of the wolf were better to rest in than the grave of the Vampire! So I make my choice to go on with my work. I knew that there were at least three graves to find—graves that are inhabit; so I search, and search, and I find one of them. She lay in her Vampire sleep, so full of life and voluptuous beauty that I shudder as though I have come to do murder. Ah, I doubt not that in old time, when such things were, many a man who set forth to do such a task as mine, found at the last his heart fail him, and then his nerve. So he delay, and delay, and delay, till the mere beauty and the fascination of the wanton Un-Dead have hypnotise him; and he remain on and on, till sunset come, and the Vampire sleep be over. Then the beautiful eyes of the fair woman open and look love, and the voluptuous mouth present to a kiss—and man is weak. And there remain one more victim in the Vampire fold; one more to swell the grim and grisly ranks of the Un-Dead! … There is some fascination, surely, when I am moved by the mere presence of such an one, even lying as she lay in a tomb fretted with age and heavy with the dust of centuries, though there be that horrid odour such as the lairs of the Count have had. Yes, I was moved—I, Van Helsing, with all my purpose and with my motive for hate—I was moved to a yearning for delay which seemed to paralyse my faculties and to clog my very soul. It may have been that the need of natural sleep, and the strange oppression of the air were beginning to overcome me. Certain it was that I was lapsing into sleep, the open-eyed sleep of one who yields to a sweet fascination, when there came through the snow-stilled air a long, low wail, so full of woe and pity that it woke me like the sound of a clarion. For it was the voice of my dear Madam Mina that I heard. Then I braced myself again to my horrid task, and found by wrenching away tomb-tops one other of the sisters, the other dark one. I dared not pause to look on her as I had on her sister, lest once more I should begin to be enthrall; but I go on searching until, presently, I find in a high great tomb as if made to one much beloved that other fair sister which, like Jonathan I had seen to gather herself out of the atoms of the mist. She was so fair to look on, so radiantly beautiful, so exquisitely voluptuous, that the very instinct of man in me, which calls some of my sex to love and to protect one of hers, made my head whirl with new emotion. But God be thanked, that soul-wail of my dear Madam Mina had not died out of my ears; and, before the spell could be wrought further upon me, I had nerved myself to my wild work. By this time I had searched all the tombs in the chapel, so far as I could tell; and as there had been only three of these Un-Dead phantoms around us in the night, I took it that there were no more of active Un-Dead existent. There was one great tomb more lordly than all the rest; huge it was, and nobly proportioned. On it was but one word Dracula. This then was the Un-Dead home of the King-Vampire, to whom so many more were due. Its emptiness spoke eloquent to make certain what I knew. Before I began to restore these women to their dead selves through my awful work, I laid in Dracula’s tomb some of the Wafer, and so banished him from it, Un-Dead, forever. Then began my terrible task, and I dreaded it. Had it been but one, it had been easy, comparative. But three! To begin twice more after I had been through a deed of horror; for if it was terrible with the sweet Miss Lucy, what would it not be with these strange ones who had survived through centuries, and who had been strengthened by the passing of the years; who would, if they could, have fought for their foul lives. … Oh, my friend John, but it was butcher work; had I not been nerved by thoughts of other dead, and of the living over whom hung such a pall of fear, I could not have gone on. I tremble and tremble even yet, though till all was over, God be thanked, my nerve did stand. Had I not seen the repose in the first place, and the gladness that stole over it just ere the final dissolution came, as realisation that the soul had been won, I could not have gone further with my butchery. I could not have endured the horrid screeching as the stake drove home; the plunging of writhing form, and lips of bloody foam. I should have fled in terror and left my work undone. But it is over! And the poor souls, I can pity them now and weep, as I think of them placid each in her full sleep of death for a short moment ere fading. For, friend John, hardly had my knife severed the head of each, before the whole body began to melt away and crumble in to its native dust, as though the death that should have come centuries agone had at last assert himself and say at once and loud “I am here!” Before I left the castle I so fixed its entrances that never more can the Count enter there Un-Dead. When I stepped into the circle where Madam Mina slept, she woke from her sleep, and, seeing, me, cried out in pain that I had endured too much. “Come!” she said, “come away from this awful place! Let us go to meet my husband who is, I know, coming towards us.” She was looking thin and pale and weak; but her eyes were pure and glowed with fervour. I was glad to see her paleness and her illness, for my mind was full of the fresh horror of that ruddy vampire sleep. And so with trust and hope, and yet full of fear, we go eastward to meet our friends—and him —whom Madam Mina tell me that she know are coming to meet us.
Diario de Mina Harker. 6 de noviembre. —Era avanzada la tarde cuando el Profesor y yo nos pusimos en camino hacia el este, de donde sabía que venía Jonathan. No íbamos deprisa, aunque el camino descendía abruptamente, pues teníamos que llevar con nosotros mantas y abrigos pesados; no nos atrevíamos a afrontar la posibilidad de quedarnos sin calor en el frío y la nieve. También tuvimos que llevar algunas provisiones, ya que estábamos en una absoluta desolación y, hasta donde alcanzábamos a ver a través de la nevada, no había ni el menor signo de habitabilidad. Cuando habíamos recorrido cerca de una milla, me cansé de caminar con tanto peso y me senté a descansar. Entonces miramos atrás y vimos dónde la nítida silueta del castillo de Drácula cortaba el cielo; pues estábamos tan hundidos bajo el monte sobre el que se alzaba que el ángulo de perspectiva de los montes Cárpatos quedaba muy por debajo de él. Lo vimos en todo su esplendor, encaramado a mil pies en la cima de un precipicio vertical, y con lo que parecía ser un gran abismo entre este y el empinado monte adyacente por cualquier lado. Había algo salvaje y misterioso en aquel lugar. Podíamos oír el aullido lejano de los lobos. Estaban muy lejos, pero el sonido, aun llegando amortiguado por la apagadora nevada, estaba lleno de terror. Por la forma en que el Dr. Van Helsing andaba escudriñando por los alrededores, supe que trataba de buscar algún punto estratégico donde estuviéramos menos expuestos en caso de ataque. El áspero camino seguía descendiendo; podíamos rastrearlo a través de la nieve acumulada. Al poco rato el Profesor me hizo señales, así que me levanté y me reuní con él. Había encontrado un lugar maravilloso, una especie de oquedad natural en una roca, con una entrada a modo de puerta entre dos peñascos. Me tomó de la mano y me arrastró hacia adentro: —¡Mira! —dijo—, aquí estarás a resguardo; y si los lobos vienen, podré hacerles frente uno a uno. Trajo nuestras pieles, me hizo un nido acogedor, sacó algunas provisiones y me instó a comer. Pero no pude comer; hasta el más mínimo intento me resultaba repulsivo y, por mucho que me hubiera gustado complacerle, no pude obligarme a intentarlo. Él parecía muy triste, pero no me reprochó nada. Sacando sus prismáticos de la funda, se subió a lo alto de la roca y comenzó a escrutar el horizonte. De repente exclamó:— —¡Mire, señora Mina, mire, mire! Me levanté de un salto y me puse a su lado sobre la roca; él me entregó los prismáticos y señaló. La nieve caía ahora con más fuerza y remolineaba con fiereza, pues empezaba a soplar un viento fuerte. Sin embargo, a veces había pausas entre las ráfagas de nieve y podía ver a lo largo de un gran trecho. Desde la altura en que nos encontrábamos era posible divisar una gran distancia y, allá a lo lejos, más allá del páramo blanco de nieve, pude ver el río extendiéndose como una cinta negra en curvas y rizos a medida que serpenteaba. Justo delante de nosotros y no muy lejos —de hecho, tan cerca que me extrañaba no haberlo notado antes— venía un grupo de hombres a caballo que avanzaban apresuradamente. En medio de ellos había un carro, un carro largo de escalera que oscilaba de un lado a otro, como la cola de un perro al menearse, con cada abrupta irregularidad del camino. Silueteados contra la nieve como estaban, pude ver por las ropas de los hombres que eran campesinos o gitanos de algún tipo. Sobre el carro había un gran arca cuadrada. El corazón me dio un vuelco al verla, pues sentí que el final se acercaba. La tarde ya estaba tocando a su fin, y bien sabía yo que a la puesta del sol la Cosa, que hasta entonces había estado prisionera allí, recobraría la libertad y podría, de entre muchas formas posibles, eludir toda persecución. Con temor me volví hacia el Profesor; para mi consternación, sin embargo, él no estaba allí. Un instante después, lo vi abajo. Alrededor de la roca había trazado un círculo, como aquel en el que nos habíamos refugiado la noche anterior. Cuando hubo terminado, se detuvo de nuevo a mi lado, diciendo:— —¡Al menos aquí estarás a salvo de él! Me quitó los prismáticos y, en la siguiente calma de la nieve, barrió todo el espacio bajo nosotros. —Mire —dijo—, vienen rápido; están fustigando a los caballos y galopando con todas sus fuerzas. Se detuvo y prosiguió con voz hueca:— —Están corriendo una carrera hacia la puesta de sol. Puede que lleguemos demasiado tarde. ¡Hágase la voluntad de Dios! Cayó otra ráfaga cegadora de nieve impetuosa y todo el paisaje quedó borrado. Sin embargo, pronto pasó, y una vez más sus prismáticos se fijaron en la llanura. Entonces se oyó un grito repentino:— —¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! Vea, dos jinetes nos siguen de cerca, subiendo desde el sur. Deben de ser Quincey y John. Coja los prismáticos. ¡Mire antes de que la nieve lo borre todo! Los tomé y miré. Los dos hombres bien podían ser el Dr. Seward y el Sr. Morris. Supe a ciencia cierta que ninguno de ellos era Jonathan. Al mismo tiempo supe que Jonathan no estaba lejos; al mirar alrededor vi en el lado norte del grupo que se acercaba a otros dos hombres, cabalgando a velocidad vertiginosa. A uno de ellos supe que era Jonathan, y al otro supuse, por supuesto, que era lord Godalming. Ellos también iban persiguiendo al grupo del carro. Cuando se lo dije al Profesor, exclamó jubiloso como un colegial y, tras mirar fijamente hasta que una nevada hizo imposible la visibilidad, dejó preparado para la acción su rifle Winchester contra el peñasco en la abertura de nuestro refugio. —Todos están convergiendo —dijo—. Cuando llegue el momento tendremos gitanos por todas partes. Saqué mi revólver, listo para usarlo, pues mientras hablábamos el aullido de los lobos se volvía más fuerte y cercano. Cuando la tormenta de nieve amainó un momento, volvimos a mirar. Era extraño ver la nieve cayendo en copos tan grandes cerca de nosotros y, más allá, el sol brillando cada vez con más fuerza a medida que descendía hacia las lejanas cumbres de los montes. Barriendo todo nuestro alrededor con los prismáticos, podía ver aquí y allá puntos que se movían solos, en parejas, de a tres y en mayor número: los lobos se estaban congregando para su presa. Cada instante parecía una eternidad mientras esperábamos. El viento soplaba ahora con ráfagas furiosas y la nieve era arrastrada con furia al abalanzarse sobre nosotros en remolinos circulares. A veces no veíamos a un brazo de distancia ante nosotros; pero en otras ocasiones, al pasar junto a nosotros el viento de sonido hueco, parecía despejar el espacio de aire a nuestro alrededor para que pudiéramos ver a lo lejos. Últimamente habíamos estado tan acostumbrados a vigilar la salida y la puesta del sol que sabíamos con bastante precisión cuándo ocurriría; y sabíamos que antes de mucho el sol se pondría. Era difícil creer que, según nuestros relojes, hubiera pasado menos de una hora de espera en aquel refugio rocoso antes de que los distintos grupos empezaran a confluir estrechamente sobre nosotros. El viento soplaba ahora con ráfagas más feroces y amargas, y de manera más constante desde el norte. Aparentemente había alejado de nosotros las nubes de nieve, pues, salvo por ráfagas ocasionales, la nieve cesó de caer. Podíamos distinguir claramente a los individuos de cada bando, los perseguidos y los perseguidores. Curiosamente, los perseguidos no parecían darse cuenta, o al menos no les importaba, de que eran perseguidos; sin embargo, parecían apresurarse con velocidad redoblada a medida que el sol descendía más y más sobre las cumbres de los montes. Se acercaban cada vez más. El Profesor y yo nos agachamos tras nuestra roca y mantuvimos las armas listas; pude ver que él estaba decidido a que no pasaran. Todos y cada uno ignoraban por completo nuestra presencia. De repente, dos voces gritaron: «¡Alto!». Una era la de mi Jonathan, alzada en un tono agudo de pasión; la otra, la voz firme y resuelta del Sr. Morris, con una orden callada. Puede que los gitanos no conocieran el idioma, pero no había lugar a equivocación en el tono, en cualquier lengua que se pronunciaran las palabras. Instintivamente frenaron en seco y, en el mismo instante, lord Godalming y Jonathan irrumpieron por un lado y el Dr. Seward y el Sr. Morris por el otro. El cabecilla de los gitanos, un tipo de aspecto magnífico que montaba a caballo como un centauro, les hizo señas para que retrocedieran y dio a sus compañeros alguna orden de continuar con voz feroz. Fustigaron a los caballos, que dieron un salto hacia adelante; pero los cuatro hombres levantaron sus rifles Winchester y, de manera inequívoca, les ordenaron que se detuvieran. En el mismo momento, el Dr. Van Helsing y yo nos levantamos detrás de la roca y les apuntamos con nuestras armas. Al ver que estaban rodeados, los hombres tensaron las riendas y se detuvieron. El líder se volvió hacia ellos y dio una orden con la que cada hombre del grupo gitano sacó el arma que llevaba, cuchillo o pistola, y se mantuvo listo para atacar. La contienda se trabó en un instante. El líder, con un rápido movimiento de las riendas, echó su caballo al frente y, señalando primero al sol —ahora muy cerca de las cumbres de los montes— y luego al castillo, dijo algo que yo no comprendí. Como respuesta, los cuatro hombres de nuestro grupo se arrojaron de sus caballos y corrieron hacia el carro. Habría sentido un terror terrible al ver a Jonathan en semejante peligro, de no ser porque el ardor de la batalla debió de apoderarse de mí al igual que del resto de ellos; no sentí miedo, sino tan solo un deseo salvaje e incontenible de hacer algo. Al ver el rápido movimiento de los nuestros, el líder de los gitanos dio una orden; sus hombres se agruparon al instante alrededor del carro en un esfuerzo indisciplinado, empujándose y arrejuntándose unos a otros en su afán por cumplir la orden. En medio de esto pude ver que Jonathan, a un lado del círculo de hombres, y Quincey, al otro, se estaban abriendo paso hacia el carro; era evidente que estaban empeñados en terminar su tarea antes de que el sol se pusiera. Nada parecía detenerlos ni siquiera obstaculizarlos. Ni las armas enarboladas ni los cuchillos relucientes de los gitanos al frente, ni el aullido de los lobos a la espalda, parecían atraer siquiera su atención. La impetuosidad de Jonathan, y la evidente exclusividad de su propósito, parecieron intimidar a los que tenía delante; instintivamente se encogieron, se hicieron a un lado y le dejaron pasar. En un instante había saltado al carro y, con una fuerza que parecía increíble, levantó la gran caja y la arrojó por encima de la rueda al suelo. Mientras tanto, el Sr. Morris había tenido que usar la fuerza para abrirse paso a través de su lado del círculo de szgany. Todo el tiempo que había estado observando sin aliento a Jonathan, había visto con el rabillo del ojo cómo este avanzaba desesperadamente, y había visto relumbrar los cuchillos de los gitanos mientras se abría paso y estos le tiraban tajos. Él había parado con su gran cuchillo de monte y, al principio, pensé que también había salido il pero, al saltar junto a Jonathan, que para entonces ya había bajado del carro, pude ver que con la mano izquierda se aferraba el costado y que la sangre brotaba a chorros entre sus dedos. No se detuvo a pesar de ello, pues mientras Jonathan, con energía desesperada, atacaba un extremo del cofre, intentando arrancar la tapa con su gran cuchillo kukri, él atacaba el otro frenéticamente con su cuchillo de monte. Bajo los esfuerzos de ambos hombres la tapa comenzó a ceder; los clavos salieron con un chirrido rápido y la parte superior de la caja fue arrojada hacia atrás. Para entonces los gitanos, al verse encañonados por los Winchester y a merced de lord Godalming y el Dr. Seward, se habían rendido y no ofrecieron resistencia. El sol estaba casi oculto en las cumbres de los montes, y las sombras de todo el grupo se proyectaban alargadas sobre la nieve. Vi al Conde yaciendo dentro de la caja sobre la tierra, parte de la cual le había caído encima por el brusco vuelco del carro. Estaba pálido como la muerte, exactamente igual que una imagen de cera, y los ojos rojos miraban fijamente con la horrible y vengativa expresión que yo conocía demasiado bien. Mientras miraba, los ojos vieron el sol poniente, y la mirada de odio que había en ellos se tornó en triunfo. Pero, en el mismo instante, se oyó el tajo y el destello del gran cuchillo de Jonathan. Grité al ver cómo cortaba la garganta; mientras que al mismo momento el cuchillo de monte del Sr. Morris se hundía en el corazón. Fue como un milagro; pero ante nuestros propios ojos, y casi en el espacio de un suspiro, todo el cuerpo se desmoronó en polvo y desapareció de nuestra vista. Me alegraré mientras viva de que, incluso en aquel momento de disolución final, hubiera en su rostro una expresión de paz, tal como jamás habría podido imaginar que pudiera posarse allí. El castillo de Drácula se recortaba ahora contra el cielo rojo, y cada piedra de sus roturas almenas se perfilaba nítida contra la luz del sol poniente. Los gitanos, tomándonos de algún modo por la causa de la extraordinaria desaparición del muerto, dieron media vuelta sin decir una palabra y se alejaron al galope como si les fuera la vida en ello. Los que iban a pie saltaron al carro de escalera y gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se habían retirado a una distancia prudencial, siguieron su estela, dejándonos solos. El Sr. Morris, que se había desplomado en el suelo, se apoyó sobre un codo, manteniendo la mano presionada contra el costado; la sangre aún brotaba a chorros entre sus dedos. Fui volando hacia él, pues el círculo sagrado ya no me retenía; lo mismo hicieron los dos médicos. Jonathan se arrodilló detrás de él y el herido apoyó la cabeza en su hombro. Con un suspiro, con un débil esfuerzo, tomó mi mano con la suya, que estaba manchada. Debió de ver la angustia de mi corazón en mi rostro, pues me sonrió y dijo:— —¡Soy demasiado feliz por haber sido de alguna utilidad! ¡Oh, Dios! —exclamó de repente, incorporándose con esfuerzo hasta una postura sentada y señalándome—: ¡Morir valió la pena por esto! ¡Mire! ¡Mire! El sol estaba ya justo sobre la cumbre del monte, y los destellos rojos cayeron sobre mi rostro, de modo que quedó bañado en una luz rosada. Con un solo impulso, los hombres cayeron de hinojos y un profundo y ferviente «Amén» brotó de todos mientras sus ojos seguían la dirección de su dedo. El moribundo habló:— —¡Doy gracias a Dios ahora porque todo no ha sido en vano! ¡Mire! ¡La nieve no es más blanca que su frente! ¡La maldición ha desaparecido! Y, con amargo dolor, con una sonrisa y en silencio, murió, un galante caballero.