cambio. No obstante, no dejó de ser una sorpresa. Supongo que la naturaleza obra sobre una base tan esperanzadora que creemos, en contra de nuestro propio criterio, que las cosas serán como deben ser, y no como sabemos que serán. El trascendentalismo es un faro para los ángeles, aunque sea un fuego fatuo para el hombre. Fue una experiencia extraña y todos reaccionamos de distinta manera. Van Helsing alzó la mano por encima de la cabeza un momento, como en señal de reproche hacia el Todopoderoso; pero no dijo una palabra y, a los pocos segundos, se puso de pie con el rostro severamente decidido. Lord Godalming se puso muy pálido y se quedó sentado respirando con dificultad. Yo mismo me quedé medio aturdido y miré a uno tras otro. Quincey Morris se apretó el «cincho» con ese movimiento rápido que tan bien conocía; en nuestros viejos días de correrías, significaba «acción». La señora Harker se puso de un blanco cadavérico, de modo que la cicatriz de su frente parecía arder, pero cruzó las manos con mansedumbre y alzó la mirada en oración. Harker sonrió—en verdad sonrió—, la sonrisa oscura y amarga de quien carece de esperanza; pero al mismo tiempo sus actos desmentían sus palabras, pues sus manos buscaron instintivamente la empuñadura del gran cuchillo Kukri y se detuvieron allí. —¿A qué hora sale el próximo tren para Galatz? —preguntó Van Helsing a todos en general. —¡A las 6:30 de mañana por la mañana! Todos dimos un salto, pues la respuesta vino de la señora Harker. —¿Cómo diablos lo sabes? —dijo Art.
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XXV. Diario del Dr. Seward
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