quería hablar, aunque solo fuera por el placer de hacerlo, le hice muchas preguntas sobre cosas que ya me habían sucedido o que habían llegado a mi conocimiento. A veces desviaba el asunto o cambiaba la conversación fingiendo no entender; pero por lo general respondió a todo lo que le pregunté con la mayor franqueza. Luego, al pasar el tiempo y haberme vuelto algo más audaz, le pregunté acerca de algunas de las cosas extrañas de la noche anterior, como, por ejemplo, por qué el cochero iba a los lugares donde había visto las llamas azules. Me explicó entonces que se creía comúnmente que en una determinada noche del año —anoche, de hecho, cuando se supone que todos los espíritus malignos campan a sus anchas— se ve una llama azul sobre cualquier lugar donde se haya ocultado un tesoro. «Que se ha ocultado un tesoro —continuó— en la región por la que pasó usted anoche, cabe pocas dudas; pues fue el terreno disputado durante siglos por vlaacos, sajones y turcos. ¡Vaya!, apenas hay un pie de suelo en toda esta región que no haya sido enriquecido con la sangre de hombres, patriotas o invasores. En los viejos tiempos hubo momentos agitados, cuando el austriaco y el húngaro irrumpían en hordas y los patriotas salían a su encuentro —hombres y mujeres, ancianos y también niños—, y aguardaban su llegada en las rocas sobre los desfiladeros, para desencadenar la destrucción sobre ellos con sus avalanchas artificiales. Cuando el invasor triunfaba, encontraba muy poco, pues todo lo que había quedaba resguardado en el suelo amigo». > > «Pero, ¿cómo —dije— ha podido permanecer tanto tiempo sin ser descubierto, cuando existe una pista segura para ello si tan solo la gente se toma la molestia de buscar?». El Conde sonrió, y
Table of Contents
Diario de Jonathan Harker
39