muy tranquilo, fue a sentarse en el borde de la cama con resignación y miró al vacío con ojos apagados. Pensé en averiguar si su apatía era real o solo fingida, e intenté llevarlo a hablar de sus mascotas, un tema que nunca había dejado de llamar su atención. Al principio no respondió, pero al fin dijo con irritación:— «¡Que los zurzan a todos! No me importan un rábano». «¿Qué? —le dije—. No querrás decirme que no te importan las arañas». (Las arañas son su pasatiempo actual y el cuaderno se está llenando de columnas de pequeñas cifras). A esto respondió enigmáticamente:— «Las damas de honor alegran los ojos que aguardan la llegada de la novia; pero cuando la novia se acerca, entonces las damas ya no brillan ante los ojos que están llenos». No quiso explicarse, sino que permaneció obstinadamente sentado en la cama todo el tiempo que estuve con él. Esta noche estoy cansado y desanimado. No puedo dejar de pensar en Lucy y en lo diferentes que podrían haber sido las cosas. Si no me duermo de inmediato, cloral, el Morfeo moderno: ¡C 2 HCl 3 O. H 2 O! Debo tener cuidado de no dejar que se convierta en hábito. ¡No, no tomaré nada esta noche! He pensado en Lucy y no la deshonraré mezclando ambas cosas. Si es necesario, esta noche será de insomnio. … Más tarde.—Me alegro de haber tomado esta resolución; más me alegro de haberla cumplido. Llevaba un rato dando vueltas en la cama y apenas había oído dar el reloj dos veces cuando el vigilante nocturno vino a verme, enviado desde la sala, para decirme que Renfield había escapado. Me puse la ropa de un salto y bajé inmediatamente; mi paciente es una persona demasiado peligrosa para andar suelta. Esas ideas suyas podrían tener consecuencias peligrosas con los extraños. El celador me estaba esperando. Dijo que
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VIII. Diario de Mina Murray
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