obreros almorzaban. Uno de ellos sugirió que en Cross Angel Street se estaba levantando un nuevo edificio de «almacenamiento en frío», y como esto encajaba con la condición de «almacén moderno», me dirigí allí inmediatamente. Una entrevista con un portero hosco y un capataz aún más hosco, a quienes aplaqué con la moneda del reino, me puso tras la pista de Bloxam; le mandaron llamar tras sugerir yo que estaba dispuesto a pagarle su jornal al capataz a cambio del privilegio de hacerle algunas preguntas sobre un asunto privado. Era un tipo bastante avispado, aunque de habla y modales rudos. Cuando hube prometido pagarle por su información y le hube entregado un anticipo, me contó que había hecho dos viajes entre Carfax y una casa en Piccadilly, y que había llevado de dicha casa a la segunda nueve cajas grandes —«superpesadas»— con un carro y un caballo alquilados por él para tal fin. Le pregunté si sabía el número de la casa en Piccadilly, a lo que respondió:—
—Mire, jefe, se me olvida el número, pero estaba a solo unas puertas de una iglesia grande y blanca o algo por el estilo, que no hacía mucho que habían construido. Era una casa vieja y polvorienta también, aunque nada comparado con el polvo de la casa de donde sacamos las dichosas cajas.
«¿Cómo entrasteis en las casas si las dos estaban vacías?»
«Allí estaba el viejo que me contrató esperándome en la casa de Purfleet. Me ayudó a cargar las cajas y a subirlas al carretón. ¡Maldita sea, si sería el tipo más fuerte que he visto en mi vida, y eso que era un viejo con bigote blanco, de esos tan flacos que pensarías que ni sombra proyectan!».