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Diario de Jonathan Harker

Se oyó un grito espantoso que casi nos heló el corazón. Al colocar la Sagrada Forma en la frente de Mina, esta la había abrasado —había quemado la carne como si hubiera sido un trozo de metal al rojo vivo—. El cerebro de mi pobre adorada le había comunicado el significado del hecho tan rápido como sus nervios percibieron el dolor del mismo; y ambas cosas la abrumaron de tal modo que su naturaleza sobreexcitada dio voz a aquel terrible grito. Pero las palabras acudieron rápidamente a su pensamiento; el eco del grito aún no había dejado de resonar en el aire cuando se produjo la reacción, y ella se desplomó de rodillas sobre el suelo en una agonía de humillación. Echándose su hermoso cabello sobre el rostro, como el leproso de antaño su manto, gimió lastimeramente:⁠— «¡Imunda! ¡Imunda! ¡Hasta el Todopoderoso rehúye mi carne contaminada! Debo llevar esta marca de vergüenza en la frente hasta el Día del Juicio». Todos se detuvieron. Yo me había arrojado junto a ella en una agonía de dolor impotente, y rodeándola con mis brazos la apreté fuertemente. Durante unos minutos nuestros afligidos corazones latieron al unísono, mientras los amigos que nos rodeaban apartaban los ojos que derramaban lágrimas en silencio. Entonces Van Helsing se dio la vuelta y dijo con gravedad; con tanta gravedad que no pude evitar sentir que de algún modo estaba inspirado y expresaba cosas que lo trascendían:⁠— «Puede que tengas que llevar esa marca hasta que Dios mismo tenga a bien, como con toda seguridad lo hará en el Día del Juicio, reparar todos los agravios de la tierra y de Sus hijos que en ella ha colocado. Y oh, señora Mina, mi querida, mi querida, que podamos los que la amamos estar

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