dudar de todo, incluso de uno mismo. No, no lo sabe; no podría con unas cejas como las suyas». Pareció complacido y se echó a reír al decir:— «¡Así que es usted fisonomista! Aprendo más aquí a cada hora. Me da muchísimo gusto ir a desayunar con usted; y, oh, señor, perdone los halagos de un viejo, pero es usted muy afortunado con su esposa». Habría podido escucharle alabar a Mina durante todo un día, así que me limité a asentir y me quedé en silencio. «Ella es una de las mujeres de Dios, moldeada por Su propia mano para mostrarnos a los hombres y a las otras mujeres que hay un cielo al que podemos entrar, y que su luz puede estar aquí en la tierra. Tan sincera, tan dulce, tan noble, tan poco egoísta —y eso, déjeme decirle, es mucho en esta época tan escéptica y egoísta—. Y usted, señor —he leído todas las cartas dirigidas a la pobre señorita Lucy, y algunas hablan de usted, así que le conozco desde hace unos días por el testimonio de otros; pero he visto su verdadero "yo" desde anoche. ¿Me dará la mano, verdad? Y seamos amigos para toda la vida». Estrechamos las manos, y fue tan sincero y tan amable que se me hizo un nudo en la garganta. «Y ahora —dijo—, ¿puedo pedirle un poco más de ayuda? Tengo una gran tarea que cumplir, y al principio consiste en saber. Usted puede ayudarme en esto. ¿Puede decirme qué ocurrió antes de su viaje a Transilvania? Más adelante tal vez le pida más ayuda, y de otro tipo; pero por ahora con esto bastará». «Mire, señor —le dije—, ¿lo que tiene que hacer se relaciona con el Conde?» «Así es», dijo solemnemente. «Entonces estoy con usted en cuerpo y alma. Como va en el tren de las 10:30, no tendrá tiempo de leerlos; pero iré a buscar el paquete de papeles. Puede llevárselos y leerlos en el tren». Después de desayunar lo acompañé a la estación.
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XIV. Diario de Mina Harker
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