me pusiera sus zapatos; pero yo no quise. Sin embargo, al llegar al sendero fuera del cementerio, donde había un charco de agua que quedaba de la tormenta, me embadurné los pies de barro, usando cada pie por turnos sobre el otro para que, de camino a casa, nadie —en caso de que nos encontráramos con alguien— notara mis pies descalzos. La fortuna nos favoreció y llegamos a casa sin encontrarnos con un alma. Una vez vimos a un hombre que no parecía muy sobrio caminando por una calle frente a nosotras; pero nos escondimos en un portal hasta que desapareció por una abertura de las que hay aquí, callejones empinados o «wynds», como los llaman en Escocia. Mi corazón latía tan fuerte todo el tiempo que a veces pensé que iba a desmayarme. Estaba llena de ansiedad por Lucy, no solo por su salud, por si llegaba a sufrir a causa de la intemperie, sino por su reputación en caso de que la historia se ventilará. Al entrar, tras lavarnos los pies y decir juntas una oración de agradecimiento, la metí en la cama. Antes de quedarse dormida, me suplicó —hasta me imploró— que no dijera una sola palabra a nadie, ni siquiera a su madre, sobre su aventura de sonámbula. Al principio dudé en prometerlo; pero al pensar en el estado de salud de su madre, en cómo el conocimiento de algo así la angustiaría, y pensando también en cómo una historia así podría distorsionarse —es más, infaliblemente lo haría— en caso de filtrarse, creí que era más prudente hacerlo. Espero haber hecho lo correcto. He cerrado la puerta con llave y tengo la llave atada a la muñeca, así que tal vez no me vuelvan a molestar. Lucy duerme profundamente; el reflejo del alba se alza alto y lejano sobre el mar. … Mismo día, mediodía. —Todo va bien. Lucy durmió hasta que la desperté
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VIII. Diario de Mina Murray
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